Abocados al Pacífico todo es gris en esta tarde de exilio laboral. España descarrila y la verdad dolorosa cubierta por una manta junto al raíl nos recuerda nuestra fragilidad. Chove en Santiago, meu doce amor.
Alivia cantar, saberte a mi lado y no sé si bastarán mis rezos agnósticos a una Yemayá sepia para acercar al futuro algo del vuelo de las gaviotas que sobrevuelan Puerto Montt. Todo es frágil, nuestra costumbre de amar, la vida que duerme en un vagón de tren. Quizá no seamos héroes pero aún seguimos vivos. Y no es poco. No lo es.
“No politicen la tragedia” hay quien dice por la red de redes donde todo es verdad y el contenido de la Caja de Pandora se encapsula en 140 caracteres. Como si la política no impregnara cada frase, cada declaración de amor o de odio, como si uno pudiera deshacerse del iris ideológico que colorea la visión del paisaje que llena nuestras ventanillas. La política es una forma de estar de pie. Otra cosa es dormir.
La urgencia convierte la información en caos y ruido. Internet impone que el testimonio periodístico tenga cabida en una galleta china de la fortuna. Todo ha de sonar a aforismo, todo testimonio es objeto de consumo de usar y tirar. Todos somos tertulianos en la red social en la que las amistades se conjuran como en noches de borrachera y el seguimiento nos convierte en stalkers silenciosos y conspiradores. ¿Cuál es el emoticono que resume esta desdicha?
Todos alaban ahora al funcionario público que ayer denostaban. Ese cuerpo estatal que ayer decían sobredimensionado, hoy - si no le gustan estos principios tengo otros- parece ser que se ajusta a la medida y ejemplifica el valor de lo público: el estado somos todos y nos hace mejores. El político y su frases, el político y su foto.
El caso es que en Puerto Montt hace frío, leo las crónicas de Pedro Lemebel y trato de contagiarme de su permeabilidad, de su prosa encendida y le robo algún pétalo a la flor que deshojó en su última crónica.
Qué pena lo de Santiago de Compostela. Es sólo que no sé cómo decirlo y parezco cansado. Aunque se abran un poco las nubes y se anaranje el cielo y los conciertos sean una primavera con esquina mellada, un vuelo con ala rota, la luz del faro que gira y gira como niño en cumpleaños. Aunque le reconforte a uno la solidaridad sincera del héroe anónimo (valga el epíteto porque quizá no existe otro) que lo da todo para paliar el sufrimiento ajeno. En fin. Es sólo eso. La tristeza por la tragedia. El invierno es más invierno en la distancia.
Desde Puerto Montt,a orillas del Pacífico 25 de julio, 2013






