Nieva en Madrid y el frío se cuela por el cuello de nuestras camisas, el tigre celta maúlla como un gato abandonado y hambriento y luces errantes cruzan el cielo.
Escuchamos a los políticos de turno y a sesudos periodistas frases como “España tiene que hacer los deberes”, “hay que mandar mensajes claros a los mercados”. Es lo que tiene la economía: resulta tan esotérica y tan impenetrable que sólo queda decir frases hechas para expresar la incertidumbre, mezcla de resignación e ignorancia, que produce ver como la crisis nos desnuda en este invierno frío.
Algunos pensamos que los deberes de nuestros países debieran ser otros, no precisamente desmantelar el estado del bienestar ni retroceder en derechos conseguidos tras tantos años de lucha, que el mensaje a mandar a los mercados debiera ser distinto, que no podemos ceder ante su chantaje.
Ahora nos toca ver cómo los que gobiernan proclaman con una pose de dolor y con aires de orgullosos hombres de Estado que “hay que tomar decisiones difíciles”. ¿Difíciles para quién? Como bien dice Tony Judt en su libro “Algo va mal”: “Actualmente nos orgullecemos de ser lo suficientemente duros como para infligir dolor a otros. Si aún estuviera vigente un uso más antiguo, en virtud del cual ser duro consistía en soportar el dolor, no en imponérselo a los demás, quizá lo pensaríamos dos veces antes de valorar tan insensiblemente la eficacia por encima de la compasión”.
Ante estos reproches el político en cuestión dirá, con aire paternalista, que exigir que se defienda el estado del bienestar, la dignidad de lo público, tributaciones progresivas en función de la renta, que paguen la factura quienes originaron el fiasco tal y como están las cosas es ingenuo y fútil.
El consenso, al parecer, es otro. El Estado sólo deber intervenir para rescatar al sistema financiero del desastre, pero por lo demás su existencia ha de ser mínima, lo mismo que la tributación y la regularización de los mercados. Que lo bueno y lo inevitable es confiar en la mano invisible y que Adam Smith mola todo.
Pero es que no siempre fue ese el consenso existente. Hubo un tiempo en el que se adoptaron políticas muy diferentes y aquellas medidas fueron las que originaron el progreso que permitieron una mejor distribución de la riqueza y del bienestar. Los tiempos de New Deal tras la Segunda Guerra Mundial y de la “Great society” en los 60 convirtieron a EEUU en un país en el que la posibilidad de ascender socialmente era un sueño cercano. Las políticas adoptadas por los gobiernos de la vieja Europa tras la Segunda Guerra hasta los 80 crearon la Europa del bienestar, con su sanidad y su educación pública y universal, su seguridad social, sus negociaciones colectivas. La idea de que el bienestar colectivo sólo podría sostenerse con la regularización de los mercados y con un Estado solvente, activo y presente en la economía era un hecho incuestionable.
Los ochenta y el consenso de Washington supusieron el final de todo aquello. Hasta hoy, día en el que se cuestiona la sostenibilidad de todo lo logrado.
Y la perdida de protagonismo por parte de la sociedad civil y el deterioro moral de la intelectualidad política (no hagan chistes porque la expresión no siempre es oxímoron) nos llevaron a este lugar.
Cita también Judt a Tolstoi: “No hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”.
Y luego Judt añade: “Décadas de creciente desigualdad parecen habernos convencido de que esta es una condición natural de la vida sobre la que cabe hacer poco.”
Quizá se trate de eso, de romper con esa aceptación y reclamar lo que, por ser nuestro patrimonio natural como seres humanos, nos deben: la dirección de nuestros destinos, los derechos que supeditan las libertades del mercado a la de los hombres y las mujeres. No somos meramente criaturas económicas que sirven para alimentar estadísticas, somos hombres y mujeres y, lejos de la ingenuidad, exigimos el protagonismo que nos corresponde y que se resuelva el déficit democrático que les lleva a algunos a tomar “decisiones difíciles”, contrarias al interés general.
Una de las consecuencias de esta crisis es el peligro de desaparición de las políticas de cooperación y desarrollo de los Estados, de la solidaridad internacional. Por eso apelamos al activismo ciudadano para cambiar las cosas. Porque en estos tiempos difíciles sólo nosotros podemos suplir esas ausencias.
Por eso, mientras nieva en Madrid y el jazmín trata de resistir los embates de las heladas, mientras agradezco la lluvia que me mantiene cerca de ti bajo el paraguas, te pido que te sumes a nosotros. Que colabores en la campaña de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina), que escuches Luces errantes y que sueñes con un mundo mejor.
Puedes ayudarnos en: www.luceserrantes.com