martes, 16 de febrero de 2010

Preguntas

2010


El periodista vigila al entrevistado y le pregunta por su compromiso político. El cantante se pone solemne, es una tendencia suya que no puede evitar, y le habla de cosas como el sentido común y las emociones que inevitablemente surgen ante la visión de un mundo desigual. ¿Cómo permanecer impasible ante la lucha y la tragedia ajena?, se pregunta retóricamente el músico con la mirada perdida en el horizonte, así como en la foto del Che tomada por Korda. Pero ni Korda observa tras la lente al entrevistado, ni el entrevistado es el Che. El periodista toma nota, y nos parece entrever una media sonrisa mientras escribe, y el cantante se siente como si se tratara de una entrevista de trabajo, o un examen oral: un interrogatorio con trampa. El reportero sigue preguntando con cierta suspicacia, como el tipo que mira al mago empeñado en descubrir el truco, y, entonces, opina, aunque lo niegue, al preguntar si la canción de autor es en estos tiempos un anacronismo.



1939


Woody Guthrie tararea un boceto de canción que desde hace algún tiempo le ronda por la cabeza. Está esperando en su casa a un tipo que quiere entrevistarle, un folklorista que parece interesado por su trabajo. Woody tiene muchas cosas que decir, a los ventisiete años ya es viejo. Para ser joven de mayor hay que ser viejo de joven. En la radio suena por enésima vez “God Bless America”. Esa no es la tierra que él ha conocido en sus viajes. Él, que ha recorrido en tren gran parte de ese país que ahora bendice la voz nasal de la radio, ha visto el destierro en su propio país al que son sometidos muchos de sus compatriotas, ha conocido la realidad de hambre, trabajadores en huelga y campos alambrados. Woody está pensando en parar un poco y marcharse a Nueva York. Le vendría bien un cambio de aires. La voz del presentador interrumpe la melodía para dar paso a importantes noticias. Los tanques alemanes entran en Polonia. Guthrie agarra la guitarra y escribe en ella con pulso firme: “Esta máquina mata fascistas”. Suena la puerta de casa. Debe de ser su entrevistador que llega puntual a la cita.



2010


¿Anacronismo? Joder, el músico no sabe que decir. Es como preguntar si es un anacronismo la poesía o cualquier género literario. El músico intenta explicar, como puede, ciertas obviedades, intenta ser ocurrente, pero, como suele suceder, no puede evitar dar las respuestas conocidas. Sabe el artista que en cuanto el periodista salga por la puerta vendrán a su cabeza mil frases geniales, imbatibles argumentos con los que el periodista, seguro, hubiera asentido profundamente con la cabeza mientras anotaba entusiasmado el maravilloso titular con que habría encabezado la maravillosa entrevista.



1970


Victor Jara devora los periódicos y llora la tragedia de Vietnam. Prepara las maletas para marchar a Berlín, le han invitado para participar en la Conversación Internacional de Teatro que se celebra allí. El año está siendo agotador entre la campaña para la Unidad Popular y compromisos como este que le alejarán de los suyos durante unos días. Apenas tiene algo de tiempo para revisar con calma las canciones pendientes. Vivir en paz es un derecho inviolable para todo ser humano, piensa mientras lee el diario. Si Allende gana en Chile quizá nos ganemos ese derecho piensa sonriendo. Aún queda mucho por hacer. La maleta aún no está cerrada. Puede esperar un poco. Victor agarra papel y lapiz y esboza unos versos.



2010


No. Está claro que los frentes no están tan claros como antes pero indudablemente hay preguntas que quedan en el aire. Y sobre todo gente que legítimamente se cuestiona un modelo de sociedad, económico, de convivencia que no da respuestas urgentes a las necesidades reales de la mayor parte de los seres humanos. El músico se atreve a indignarse. ¿Pero este tipo no lee los periódicos? ¿No quedan causas por las que luchar? ¿Estamos locos?


1975

¡Lluis Llach en el Palau! ¡Cómo lo oyes! Después de años de ausencia y exilio, Llach vuelve a Barcelona. Yo me voy pitando a casa que he quedado allí con los colegas para ver si alguien tiene más información. Está claro que las cosas están cambiando. Oye, si no vas para allá, nos vemos mañana en clase. Al viejo le quedan dos telediarios, esto va a ser diferente. Ya verás. Yo también te quiero.


2010


¿Nostálgico? El periodista matiza la pregunta. La suaviza digamos, porque puede resultar insultante. Al artista se lo parece. Ya se sabe, es un tipo susceptible y vanidoso, por algo se sube a los scenarios.


No. No soy nostálgico. Tengo memoria. Que es una herramienta de futuro imprescindible. Y tengo memoria porque creo en el futuro, y puesto que creo en él, he de procurar no repetir errores. Y por eso tengo memoria. Y porque es nuestro último patrimonio, porque cuando lo has perdido todo, es lo único que nadie te puede arrebatar. Es una herramienta... El cantante se enreda y se repite. El periodista también.



2010


En un pequeño teatro de Buenos aires, en un café de Santiago de Chile, en una peña en México DF, en cualquier bar de Madrid, un muchacho, casi un adolescente, se sube a un escenario por primera vez. Cantará algunas de sus canciones y entre ellas caerá alguna de Silvio, de Sabina. Mira al mundo curiosidad y ama con desordenada urgencia. El muchacho canta, brilla y, unas veces dulce, otras enojado, retrata una realidad a veces golpeada, otras radiante y esperanzadora. Así, sus canciones iluminan el rostro de los que con calma beben la noche con sorbos largos y tranquilos. El mundo se detiene en la voz del muchacho que se cuela por entre los que sueñan despiertos, recorre toda la sala hasta salir a la calle abriendo las puertas con estruendo de batir de olas. Una brisa recorre toda la ciudad, Buenos Aires, Santiago, México DF, Madrid. Un vendaval que hace que todas las palomas echen a volar, que hace que recuperemos un recuerdo que esperaba dormido en el ultimo cajón de la mesilla: así que esto es vivir. Acuérdate de vivir.



Epílogo


2010


El periodista se despide con una gran sonrisa. Promete luchar por darle a la entrevista el mejor espacio posible dentro de la publiación para la que trabaja. Sin duda interesará a los lectores.


Queda un regusto amargo tras la entrevista. Supo explicarle el por qué de su compromiso con la realidad, el por qué de la urgencia en la denuncia, cómo finalmente las canciones hablan de sentimientos, y ¿acaso no han de producirse a raudales cuando uno mira el telediario y contempla horrorizado tanta derrota, tanta injusticia? Explicó claramente por qué a veces uno frunce el ceño, pero quedó la extraña sensación de que a veces uno hace menos de lo que podría y ofrece finalmente sólo maldiciones


* * *

Perdonen la extensión de la entrada. Ya saben que no sé sintetizar. Otra canción de Acuérdate de vivir.


Preguntas

Letra y música: Ismael Serrano


Maldigo y preguntas

por qué frunzo el ceño,

por qué las auroras

me dejan el pecho

lleno de agujeros.

Quizá sea la noche abriéndose

como una terrible flor.

Quizá sea el maldito telediario,

o una mujer sin su voz

a la que acorrala el miedo,

el silencio atronador,

un febril planeta

entre fuegos y tormentas,

un niño cortando palma

en una oscura selva,

la cola del paro, el fin de mes,

tu ausencia, todo lo que no haré

Maldigo, y me dices

basta de lamentos.

Disculpa te digo

quizá sea el sueño,

la falta de sueños.

Será que la casa, sin ella,

no es una casa, es un erial,

y mi voz sin su voz,

arañazo en el cristal,

o la carta de un hombre

que echa de menos su hogar.

Quizá alguna despedida,

los recuerdos, sus heridas,

Gaza golpeada,

humo y llanto en sus cenizas

Será el mundo alumbrando horrores

y yo sólo ofrezco maldiciones.


lunes, 8 de febrero de 2010

Sobre ausencias

La ausencia no es tal. Porque la vida deja un rastro. La vida es celebración y tras toda celebración queda un rastro de serpentinas, confetis y botellas vacías. Y así, ese rastro, esparcido por toda la casa, nos recuerda que una vez estuvimos vivos. Siguiendo el rastro encontrarás tu propia silueta enmarcada con tiza sobre el suelo de la cocina, la huella dactilar de una sombra en una copa huérfana sobre la encimera, un cigarrillo fumado a medias, unos arañazos en la escalera, una vieja fotografía prendida con imanes en la nevera, un espejo indiscreto que te ofrece el reflejo del hombre que usurpó tu cuerpo dejando sin vida la mirada de antaño y te preguntas que habrá sido del muchacho cuya risa brillaba como el hielo que ahora dejas caer sobre el gin tonic terapéutico.

Caminas por la casa oyendo como cruje bajo tus pies el parqué del pasillo, como quien camina por un lago helado temeroso de que se abra el agua a sus pies. Al llegar a la habitación descubres oscuras aves volando en círculos sobre la cama, y tú tratas de espantarlas agitando el pañuelo de la nostalgia o poniendo un disco de Jacques Brel a todo volumen. Pero las aves burlonas se posan sobre el espantapájaros que levantaste y comen de tu mano el grano del desconsuelo con el que antes confeccionabas collares que abrazaban cuellos de cisnes y sirenas.

El día humedece la tarde con el perfume de otros días. Nada tiene más memoria que el olfato. Y hay perfumes que taladran el pecho como el primer cigarro, como el aire helado de la madrugada.

La ausencia está en todo: en los libros de la mesilla, en las toallas, en la ropa tendida, en la carta dormida en buzón. Durante un instante te quedas colgado mirando un rincón en la pared en el que las arañas tejieron su red, o te quedas hipnotizado mirando un televisor que parpadea con luz estroboscópica: nada que ver, nada que hacer.

Agarras el teléfono y dejas un mensaje en un contestador. Una bengala iluminando un océano oscuro, un mensaje de auxilio. Hola soy yo. Tres pulsos cortos. Ha amanecido tarde este día. Tres pulsos largos. Bueno, si tienes frío o tiempo me llamas. Tres pulsos cortos. Cuelgas.

La pena extiende una película impermeable por toda tu piel, y por ella resbalan noticias y deberes. Bebes entonces con autocomplacencia el licor dulzón del aburrimiento y te preguntas como era tu vida antes de que todo fuese naufragio.

Pero entonces sientes que algo te agarra de las solapas y te levanta del sofá al que estabas atornillado. Cabreado, recuerdas todo lo que queda pendiente. Recuerdas lo afortunado que eres por haber asistido al alumbramiento de unicornios y pegasos, a la lluvia de meteoritos que dibujó el cielo de tu vida tantas noches de verano, y reconoces en la ausencia que habita toda la casa retazos del muchacho que desapareció de el reflejo ofrecido por los espejos en los que te miras. Eres tú. Estás de vuelta.

Huyen las aves. El dibujo de tiza en el suelo de la cocina ya no es tu silueta, es una rayuela sobre la que saltan hadas y faunos. Levantas la persiana y un alud de sol arrastra telarañas y serpentinas limpiando de espectros la casa. Sales a la calle. Es viernes. Es primavera. Es pronto. Recuerdas la leyenda tallada en el reloj que ahora murmuras con una media sonrisa que creías olvidada: acuérdate de vivir.



* * *

Quise escribir la canción más corta que jamás había hecho. Un mensaje en el contestador. Breve como un suspiro, como el sueño que te visita en el metro camino del trabajo, como la herida de alfiler que dejan ciertas ausencias. Esta es la letra:

Mensaje en el contestador


Hola. Soy yo.
Sólo llamaba porque estos lunes
siempre me matan.
Ha amanecido
tarde este día;
mi almohada llena
de tus cenizas.

Pasé, ¿recuerdas?,
por nuestros bares
donde arañábamos
a la nostalgia
su sucio esmalte.
Cogí al futuro
por la cintura.
Donde hubo vuelo
sólo ha quedado
escombro de plumas.


Que cosas pasan,
días bulliciosos,
tan cerca estamos
pero tan solos.
Sólo era eso.
Bueno, pues, nada,
si tienes frío
y tiempo me llamas.

lunes, 1 de febrero de 2010

A aquel muchacho de veinte años que escribía canciones:

De ti quedan los miedos y las ganas, la utopía y las canciones que son bálsamo para el alma. Quizá no tanto el relámpago que alumbraba tu mirada, pero si el filo y el interrogante que brilla en sus pupilas.

Es osado tratar de hacer balance en apenas cuatro minutos y medio de canción, pero este es el oficio y el privilegio que arrastramos con los años: cantar con la urgencia del que emprende un viaje o pierde a raudales el último saldo del teléfono, del que no quiere olvidar o del que ama con rabia.

Recuerdo el tiempo en que evitabas comer solo y no sabías hacer maletas, en el que el pecho era una lámina inmaculada en la que tallabas corazones y mapas con islas desiertas y tesoros escondidos. Solemne, mirabas el horizonte buscando preguntas o haciendo memoria. Quizá con menos solemnidad, pero no has perdido tampoco ese hábito: aún queda la fe en el ser humano como una llama incombustible iluminando la caverna en la que otros, todavía, dibujan bisontes.

El mundo a veces te pareció una pesadilla y te sentiste con la obligación de pedir disculpas por ser feliz, al fin y al cabo, como dijo Silvio, eterno compañero, todas las felicidades tienen muertos. Y tú lo sabes bien: alguna vez fuiste de los damnificados.

Pero a pesar de los años, te empeñas en recordar qué era vivir, en guardar en un pañuelo aquel sol de la infancia, la cándida e irrefutable certeza de que otro mundo es posible. Aún te conmueven viejas luchas, aunque el grito desde la tribuna suene, a menudo, a graznido alborotado de gaviotas en torno a un pesquero que regresa tras la faena. Porque en tu viaje encontraste a hombres y mujeres que daban el alma y sus horas por hacer más habitable el planeta, hombres y mujeres mejores que tú, que, por ser mejores, señalaron tus contradicciones y te aclararon la agenda de deberes y entendiste la iracunda prisa por reclamar un cambio, una nueva forma de convivir, de caminar por las calles y las alamedas. Y aprendiste que las horas no duran los mismo en todos los paralelos, que un instante es toda una vida, y una vida, a veces, un instante, una pavesa incandescente bailando en un torbellino que se pierde en la noche.

Es cierto. El tiempo es una flecha, a menudo implacable, ensartando corazones tallados en la corteza de los días. Pero, a veces- con el tiempo lo descubriste- es como un río, que redondea las aristas de las piedras que habitan su cuenca, esas que, finalmente, un niño encuentra en la playa y guarda entre caracolas.

Perdiste el pelo y, en alguna ocasión, la razón. Pero, militante de la risa y de la amistad, supiste encontrar el camino de regreso, ese en el que vértigo, despojado de su ropa y de sus oropeles, te acompañaba con la tristeza del viajero que vuelve, con la alegría del recluta de permiso.

Para ti, homo aviator, va esta pequeña canción. Con la dificultad que conlleva hacer repaso de lo hallado y lo perdido, con la certeza de que ahora es el momento de volver a empezar. A ti, que hoy echas de menos y miras la nevera vacía, a ti que encuentras versos escondidos en los cajones de la ropa y sueñas despierto, a ti que madrugas, quien te lo iba a decir, para vestir las canciones de dudas, guirnaldas, constelaciones y cintas de colores.

Aquí me tienes, viejo amigo. No soy más que lo ves. Si quieres contar conmigo aún guardo fuego en mis manos, para alumbrar el camino, para encender un cigarrillo fumado a medias, ese de más, para templar una guitarra mientras cantas una de Sabina, para que entiendas que aún sigo vivo, que, sin ser una heroicidad, no es poco en estos tiempos.

Ánimo, muchacho. No te quedes inmóvil. Si tú quieres te acompaño. Queda todo por hacer.

* * *

Os dejo un pequeño fragmento de la canción “Balance” que estará en el futuro disco "Acuérdate de vivir". Está inacabada, pero el piano de Jacob Sureda, como lo hará su arreglo terminado, abraza la canción como la tierra abraza la raíz.




martes, 26 de enero de 2010

Oxímoron

Apresúrate despacio, amor mío, que la noche no perdonará nuestro retraso ni tu imagen vistiéndose en la penumbra disculpará la prisa.

Vivimos tiempos contradictorios, donde nada escapa al oxímoron. En nuestras propias vidas cotidianas, en la realidad televisada, en el lenguaje de lo políticamente correcto, en nuestras propias conciencias. Combatir la paradoja de los términos opuestos, presentes en todo como realidad rutinaria, como hecho ineludible, requiere un esfuerzo agotador, un empeño tal que a menudo sucumbimos a utilizarlos como descripción cierta e incuestionable del mundo que nos toca vivir.

Tiempos en los que el lenguaje, de forma aberrante, conjuga en la misma frase términos contrarios conviviendo en una expresión que adquiere un nuevo sentido, a menudo escalofriante. Y así, decimos niños soldados siendo palabras antagónicas, o el televisor nos advierte sobre la inexcusable utilidad de ciertos lujos imprescindibles, o nos vemos alertados por emergencias rutinarias que nos convierten en permanentes niños asustados.

Apresúrate despacio, amor mío. Porque apenas nos queda calma en un tiempo en el que morir, cada vez más, forma parte de la vida. Por eso la urgencia de recordar qué es vivir. Porque el espejo revela nuestras contradicciones, y refleja esa sombra antagónica que señalamos con un dedo reprobatorio, pero que nos sigue siempre alargándose cada vez más según se escapa el día, porque es parte de nosotros por más que soñemos ser virtuosos. Palabras enemigas que se convierten en verdad al ser pronunciadas en nuestras bocas. Aunque a veces parezca que sólo se convierten en verdad al ser nombradas entre anuncios publicitarios en informativos que consumimos, usamos y tiramos como el papel que envuelve el caramelo mentolado que llena de espiral aromatizada tu boca.

Puede que sí. Que el mundo sea un oxímoron omnipresente, y nuestras vidas estén llenas de vacíos, de placeres espantosos y dulzuras horrendas como las que las dos buenas hermanas, libertinaje y muerte, ofrecían a Baudelaire.

Pero también puede no ser tan cierto. Y revelar la mentira escondida bajo el oxímoron no sea tan difícil, como no lo era para el niño descubrir que el rey finalmente estaba desnudo, por más que otros cantaran alabanzas a su imaginaria vestimenta. Puede que rescatemos la calma que merece estar vivos, que nos acordemos de vivir.

Cantar a menudo sirve para exorcizar ciertos demonios. Para enfrentarnos a nuestros miedos y a nuestras propias contradicciones. También para hacernos caer en la incoherencia de ciertas conductas que marcan estos tiempos, de ciertas afirmaciones hechas desde la tribuna.

¿Sabes qué? No te apresures despacio. Sosiégate con premura. Tenemos toda la vida. Abramos una botella de vino y nombremos a las cosas por su nombre. Observemos como cae la nieve sobre la calle con monotonía animal, cuéntame de nuevo la historia de tu vida, de tu barrio al sur del mundo , mientras fuera, en la terraza, este invierno vuelve a helar el jazmín. Seguro que disculpan nuestro retraso. En tu piel está escrita nuestra agenda de deberes, el recordatorio de lo pendiente, en cada poro encontraremos un sortilegio nemotécnico que nos ayudará a recordar que era vivir.

* * *

Y aquí va la letra de la canción que suena en 6 por 8 a la manera del viejo Leonard Cohen, tan joven y tan viejo, clarividente y arruinado, cantándole a la noche eterna, inmortal como su voz vigorosamente cansada.

Oxímoron

Apresúrate despacio, amor mío, que la noche

reclama nuestra presencia. Es la calma y sus acordes

hoy el lujo imprescindible que nos arrebata el mundo,

los recuerdos olvidados, música callada de estos días de luto.

Apresúrate despacio, que estos días no te esperan,

que este eterno presente no les mostrará clemencia

para aquellos que, realistas, han pedido lo imposible,

para nuestras simples complicaciones, para nuestras cicatrices.

Puede que sí, que morir sea parte de la vida.

Hoy más que nunca, el planeta y sus mentiras.

Lluvia que quema, gente que espera, niños soldado,

muertos vivientes en la fiesta del club de los solitarios.

Puede que sí, que la historia del futuro, la del mañana

se escriba sin estrellas, nueva y mejorada.

Luces oscuras, emergencias rutinarias, armas inteligentes,

caos controlado, noticias del diario, hoy es siempre.

Apresúrate despacio, que hoy me encontré perdido.

Hoy he de romper el tedio, su pacto sin compromiso.

Hoy creo estar seguro de poder sobrevivir a esta muerte,

de romper esta cadena que me abraza, de una tregua permanente

Puede que sí, que morir sea parte de la vida.

Hoy más que nunca, el planeta y sus mentiras.

Lluvia que quema, gente que espera, niños soldado,

muertos vivientes en la fiesta del club de los solitarios.

Puede que sí, que la historia del futuro, la del mañana

se escriba sin estrellas, nueva y mejorada.

Luces oscuras, emergencias rutinarias, armas inteligentes,

caos controlado, noticias del diario, hoy es siempre.

lunes, 18 de enero de 2010

Se ha enredado en tu cabello (chacarera)

El folclore latinoamericano es un ser vivo, viejo como la pachamama en la que clava sus raíces, que crece, devora nuevos géneros y los incorpora a su anatomía de gigante multicolor, evolucionando en las voces de jóvenes músicos y compositores que renuevan sin complejos el canto popular del continente. Viajar por Latinoamérica, como lo he hecho, me ha permitido disfrutar del privilegio que supone conocer esta música y aprender algo de ella.

Ya el disco anterior me regaló la oportunidad de cumplir un sueño, grabar una zamba, que pretendía estrechar el océano que nos separa, con uno de los referentes más importantes de la música cantada en castellano, la gran Mercedes Sosa. Es cierto, que el folclore no será el mismo desde su partida, pero su legado sigue vivo en la garganta de jóvenes muchachas que como ella cantan combatiendo el olvido, con la pasión de los que aman hasta que les duele porque no saben hacerlo de otra forma. Su voz nunca dejará de temblar en la piel de cada bombo legüero, en el llanto del violín que se enreda entre las piernas que los que giran bailando la chacarera, en el sueño prendido a cada canción arrastrada por el viento junto con la polvareda que envuelve al caminante.


En este nuevo disco, “Acuérdate de vivir”, incluiremos una chacarera que compuse no hace mucho: “Se ha enredado en tu cabello”. Es verdad que las chacareras más tradicionales a menudo están conectadas con las vivencias del hombre del campo, de sus lazos con la tierra, cálida a veces como algún reencuentro y dura otras como alguna despedida. A mi me salió una chacarera más urbana, con olor a nicotina y con el ruido del tráfico por la mañana colándose por la ventana entreabierta. Pero quería conservar su raíz, el sabor tradicional que sólo podían aportar los músicos que han crecido bebiendo de las fuentes primigenias del folclore. Aquí tienes la prueba:


http://www.youtube.com/watch?v=sTni7CvoXls

martes, 12 de enero de 2010

Regalo para un primer cumpleaños

A ti, querido recién llegado, que habitas esa patria lejana que es la infancia, te canto. A ti que alumbras con tu mirada incandescente, maravillado, este mundo que hoy es nieve, frío y a veces herida. Quise escribirte una canción, como quien regala las pocas enseñanzas que pudo encontrar con la edad y me doy cuenta de que sólo soy tu aprendiz.

Que el mundo es un lugar prodigioso lo sabes, lo delata el faro de tu mirada estrenando el paisaje que visitas, nuevo para todos por estar tú en él. Que a veces vivir es doler, quizá lo descubras tarde, ojalá muy tarde, pero hoy has venido a recordarnos que no es tan malo crecer.

Es verdad, el planeta que te regalamos no es el que soñamos para ti, pero en esa aventura estamos, tratando de iluminar un futuro diferente, que vendrá a verte cualquiera de estos días, para recordarte que una vez nosotros lo intentamos, porque de eso no dudes, nosotros lo intentamos. Y, créeme, merece la pena hacerlo.

Nosotros, hace tiempo fuimos como tú, y ahora al verte aprender el nombre de todas las cosas, arrancas las telarañas que cubrían las viejas estanterías donde guardábamos juguetes y sueños. Pero tú no serás como nosotros. Serás mejor, serás un gigante habitando una ciudad nueva, encaramada en las copas de los árboles de un bosque más verde que este que nos abriga.

Puede que un día las sombras alarguen sus dedos, te toquen y te sientas solo. Piensa que nosotros, alguna vez, también nos sentimos así, que sobrevivimos al tedio y al abandono gracias a que siempre hay alguien como tú, con quien compartir el vuelo y emborracharse de risa y luz. Y así sabrás que nunca estarás solo, porque aunque no estemos, allí estaremos.

Todos perdimos el tiempo y la razón alguna vez y sí, a veces da la sensación de que estar vivo, es algo así como estar asustado, pero el reto es sostenerle la mirada al miedo y saber sonreír con complacencia mirándolo de reojo cuando aprendemos a torcerle el brazo y lo dejamos atrás. Verás que pocas cosas son irreparables.

Los recuerdos a veces parecen echar sal en las heridas, incluso los buenos recuerdos. Porque indiscretos nos señalan la fugacidad de las cosas y nos hacen caer en la cuenta de que, aunque ahora seamos mejores, somos otros, de que algunas experiencias son como un relámpago que ilumina brevemente la noche, como una ráfaga de viento que trae olor a mar o hierbabuena, leve y lejano, en mitad de Madrid. Momentos luminosos y azules como un cielo de verano que finalmente serán víctimas de la voracidad de los relojes, de la velocidad que imponen estos tiempos.

Pero de repente apareciste tú y entonces el recuerdo dejó de doler. Porque todo cobró sentido. El mundo amanecía en ti y nosotros despertábamos.

No sé qué decirte. Nunca fui bueno para dar consejos. Y aunque la edad lo exige, creo que nunca dejé de ser un crío. No sé. Te iré guardando los tebeos para cuando quieras leerlos. Estoy deseando que vayamos al cine juntos. Que suerte tienes que aún no has leído el Vagabundo de las estrellas ni los poemas de Neruda o César Vallejo. Del amor hablamos otro día que a veces hacemos demasiada literatura al respecto y nos olvidamos de lo importante y además hay cosas que ni se hablan, ni se cantan. Se viven. Y nuestra obligación es acordarnos de hacerlo. Acordarse de vivir, digo. Así que manos a la obra.

Junto con mi padre quise escribirte una canción para enseñarte a vivir. La titulamos Regalo para un primer cumpleaños. Eres un recién llegado y al poco de conocerte ya me di cuenta de tan sólo soy tu aprendiz.

* * *

Este es un fragmento de la letra de la canción que compuse junto con mi padre, Rodolfo Serrano:

Creerás que el tiempo pasa rápido,

que el buen recuerdo puede doler,

pero has venido a recordarnos

que no es tan malo crecer.

Verás que hay días con espinas

y que puede doler vivir,

pero recuerda que cada día

el mundo amanece en ti.

Vendrá el futuro a verte cualquiera de estos días.

Y tendrás en las manos lo que nunca tuvimos:

la esperanza de un mundo con los mares azules,

sin fieros huracanes o desbordados ríos.

No habrá hombres que mueran sin panes ni milagros.

Y en la pared de enfrente leerás que alguien ha escrito

un saludo de paz, un buenos días, un pájaro

con las alas abiertas para volar sin tino.

lunes, 4 de enero de 2010

El espejismo


Como un latido, a veces, la música tiembla en nuestro pecho para recordarnos que estamos vivos, que la realidad termina más allá de donde lo hace el espejismo. El espejismo nos abraza y con su narcótico perfume nos promete el mejor de los futuros. Cándido, ingenuo, hubo quien obsecuente abrazó la fe del pensamiento único y creyó que la Historia había terminado. Cualquier disentimiento se marginaba, tachándolo de locura cuando no se lo criminalizaba, tratándolo como delito. Pero como un latido ancestral, atávico, sonaba un rumor de muchedumbres, de batir de alas: había quien avisaba del desastre, de la necesidad urgente de replantear el modelo económico y de convivencia.

A lo lejos, el resto, divisábamos la catástrofe planetaria televisada, lejana, como parte de un espectáculo útil para el consumo rápido, pues la información también pasó a ser devorada y desechada como cualquier otro artículo de usar y tirar. La vida al otro lado era un como un gran reality televisivo que observábamos maravillados con la correspondiente cuota de piedad y culpa que enseguida endulzaban unos hermosos anuncios publicitarios que nos recordaban nuestra permanente infelicidad.

Los Estados fueron cómplices y con los recursos de todos apuntalaron el espejismo, andamiaron su fachada para que pareciera fuerte, inquebrantable. Se privatizaban los beneficios, pero se socializaban los riesgos y los costes.

Y un día vimos resquebrajarse la fachada del espejismo. Y supimos que la película que nos separaba de la realidad era fina, como el ala de una mariposa. Vimos como se deshacía como la piel quemada por el sol. Y así nos encontramos, desgastados como las alas de mariposa de tanto ser agarradas por las manos del hombre, sin su polvo volador.

Entonces sobrevino la crisis. Es curioso como el fin del mundo sólo comienza cuando éste llega por fin a la puerta de nuestra casa. El Estado salió de nuevo en defensa del sistema y levantó un nuevo armazón con la contribución de todos los ciudadanos para afirmar la muralla que nos separaba de la realidad. Pero algo quedó en evidencia.

La codicia de unos pocos, el descontrol del sistema financiero, la perdida de la mirada a largo plazo, la búsqueda despiadada de la rentabilidad inmediata, el permanente intento de desmantelar lo público, nos habían conducido a un desastre, pronosticado por los locos, y empeñado en resucitar a una Historia cuya muerte, al igual que aquella de Twain, había sido sólo una noticia exagerada. Los liberales pasaron a serlo a tiempo parcial, pidieron ayuda al Estado y eludiendo sus responsabilidades, miraron a otra parte, en su vieja costumbre de señalar como niños al de al lado cuando son sorprendidos en una travesura.

Pero ya nada es lo mismo. A pesar del empeño por mantener intactas las paredes del espejismo ahora sabemos que no estamos a salvo de la debacle. Ya no es herejía, ni delito exigir desde la tribuna un replanteamiento de las reglas del juego y hay quien menciona en las grandes instituciones de poder palabras hasta ayer anatema: tasa Tobin, control de los sistemas financieros, control de los sueldos multimillonarios de grandes ejecutivos, fortalecimiento de la cosa pública.

Con todo y con eso, el espejismo se empeña en mantener su condición de realidad, pero hay quien mira con descaro a través de su velo, consciente de la ilusión que supone entender como inevitables sus tiranías y sus crisis. El rumor aquel, como un latido, nos recuerda que la sociedad civil sigue viva. Como en la fábula, ahora será más difícil hacernos creer que el rey que pasea por las calles no está desnudo. Siempre habrá un niño que señale su desnudez haciéndonos caer en la cuenta que la realidad termina, no donde lo hace el espejismo, si no más bien el sentido común. O mejor aún, donde acaban nuestros sueños. Siempre habrá un niño que señale la impudicia del rey que nos trata de convencer de la maravilla de su vestimenta.

Ahora ese niño es legión.

* * *

Os dejo un pequeño fragmento de la maqueta que hice de la canción El espejismo, sobre la que estará basado el arreglo de la futura canción de “Acuérdate de vivir”.


martes, 29 de diciembre de 2009

Papel encontrado en la cocina. Por bulerías.

Por bulerías. Así. Como un reto. Me enfrentaba a la idea acariciada durante tanto tiempo de ponerle música a este nuevo poema de mi padre. Fiel a esa vieja costumbre de hacer una canción con los versos de Rodolfo Serrano había elegido “Testamento” de su libro “Al oeste hay apaches”. Ya lo había avisado en la presentación del poemario.

El poema era largo. Ya sólo el subtítulo merecía el intento: Papel encontrado en la cocina cuando él se marchaba al trabajo. Pero más aún esa búsqueda de la poesía en lo cotidiano que empapaba todo el texto y que uno trata de encontrar en los “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” que diría Mairena.

Y, como digo, por bulerías. No era fácil. El ritmo intrincado de las bulerías se antojaba escurridizo a la hora de enmarcar con melodía y armonía los heptasílabos del poeta. Pero salió.

Como decía, el poema era largo. Así que saqué algunos versos. Pero quedó bien. Eso creo.

Una bulería a mi manera. Quizá más bulería por soleá. Con versos de más. Con sílabas de más. O no. Quizá nada de esto. O todo a la vez.

En el disco anterior me aproximé a los palos del flamenco con “Si se callase el ruido”. Por tangos. Una canción sencilla, que pretendía ser remanso de paz, llamada a la cordura, ante un panorama político crispado por malos perdedores y profetas de la catástrofe a los que parece que tenemos que acostumbrarnos según nos cuenta la historia de nuestro país.

Ahora toca hacer un testamento en el que declarar el amor a las pequeñas cosas, esas que recordaremos como tesoros luminosos cuando el mundo se hunda y nos desarme. ¿Acaso la esencia de lo imprescindible no habita en la palabra o el vasito de vino? ¿En el poema que releemos para recordar que la vida es hermosa siempre que viva ella (no hay declaración de amor más rotunda, sincera y desoladora que la que Margarit hace a su hija Joana en sus poemas)? ¿En aquellos labios, en esa tos que suena a nuestro lado por la noche y nos desvela, en la palabra que huele a pan y a carne? ¿No son estás cosas las que deben recordarnos vivir? Y una ventana, como no, abierta a la esperanza. Aquella por la que se vislumbra ese lugar de esperanza, ese dulce refugio en el que, otros, han de convertir el mundo. De nuevo el futuro apareciendo en una canción: Vendrá la vida a vernos/ en el mes del olvido/ cuando tiene la tarde/ el color del domingo/ y sabe la nostalgia/ a cuaderno y colegio.

Es un pequeño homenaje a los testamentos escritos en cualquier papel y que dejamos abandonados en la cocina. O en un cajón del escritorio. O como aquel olvidado en el fondo del bolsillo de un abrigo (aquellos días azules, aquel sol de la infancia). Declaraciones de amor definitivas que improvisamos mientras la radio vomita su ristra de desencuentros y desayunamos versos sumergidos en un café apresurado, mientras en la calle los camiones descargan en doble fila y los estudiantes llegan tarde al colegio mientras sueñan una huida o una nevada que colapse la ciudad.

O como aquellos otros que se escriben en la servilleta de un bar, cuando ya está cayendo el día y esperamos a esa cita que se retrasa, con la urgencia del que cose recuerdos a los bolsillos para no olvidarlos, con la dicha del encuentro inminente con la vida que entrará a trompicones por la puerta, sofocada por las prisas, disculpándose por el retraso, porque el tráfico está imposible o, tal vez, no recordaba bien la ubicación del bar. Pero uno casi no escucha, no te preocupes, cegado por la sonrisa de ella, lo malo de llegar tarde es que tendrás que marcharte tarde, y ella baja la mirada y tú pides dos cañas. Y piensas que es verdad que no importó esperar, porque tienes la sensación que siempre la estuviste esperando y sólo queda celebrar que por fin ha llegado.


* * *

Transcribo el poema íntegro de Rodolfo Serrano:

TESTAMENTO.

(Papel encontrado en la cocina cuando él se marchaba al trabajo)

Te dejo, yo qué sé,

el fracaso más tierno,

la idea de no verte,

ese pequeño espejo

donde te amé durante

más de cuarenta años.

Y la cuartilla llena

de un poema de Bécquer,

volverán las oscuras...

la calle donde llueve

cada día y minuto,

cada mes, cada año.

Te dejo la palabra,

el vasito de vino,

esos pasos cansados,

el saberte conmigo,

el morir y vivir

encogido en tus besos.

Vendrá la vida a vernos,

en el mes del olvido

cuando tiene la tarde

el color del domingo

y sabe la nostalgia

a cuaderno y colegio.

Hoy tomé en la cocina

ese café tranquilo

con galletas y sueños

y pensé en espejismos

y leí un poema

de Margarit, ¿recuerdas?.

El que habla de Joana

y del coche que pita

en una calle triste

aquél que me decía

que la vida es hermosa

siempre que viva ella.

Así que aquí te dejo,

cuando voy al trabajo,

la promesa solemne

de volver a tu lado

aunque esta noche el mundo

se hunda y me desarme.

Para que tú lo sepas

te dejo como herencia

lo que yo siempre quise :

el dolor, la tristeza

de otros -dios los bendiga-

que nos hicieron grandes.

En ellos me refugio

con ellos soy monarca

dueño del paraíso,

señor de cuerpo y alma

y dios omnipotente

de las calles y los bares.

Y dueño de tus labios,

dueño de tus reproches

y de tus regañinas,

de tu tos por la noche

y de esa palabra

que huele a pan y a tarde.

Te dejo todo eso

sin que nadie lo sepa.

Para que un día si quieres

venga la voz certera

de Neruda a decirnos

esos veinte poemas

Y sepamos que otros

han convertido el mundo

en lugar de esperanza,

en el dulce refugio

donde salvar la vida

efímera y pequeña.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Adelantos del nuevo disco: Te vas

Como anuncié anteriormente, adelantemos algo del contenido del próximo disco.

Al final de la gira de “Sueños de un hombre despierto” empecé a cantar un tema inédito: Te vas. Una canción de despedida cargada de promesas que intentan no ser vanas, porque a pesar de la carga de derrota que contienen los adioses, la experiencia te obliga a no resignarte al fatalismo que parece imponerse en cada uno de ellos y que en anteriores canciones admitimos como inevitable (Ana, es tan corta la vida…).

Lo confieso. Se trata de hacerse el fuerte antes de que se dé el portazo. Adoptar la pose de tipo duro, sin quebrar el gesto, mientras prometemos que vamos a estar bien, que finalmente de lo que fue quedó una enseñanza que nos hará mejores, si uno es capaz de sonreír más a menudo y acostarse a una hora prudente para aprovechar los amaneceres, tan saludables para el ánimo cuando van acompañados de ese sol radiante, que se nos antoja más huidizo de lo que anuncia la canción.

Es probable que la pose se desarme una vez se cierre la puerta y ella emprenda el viaje a la ciudad definitiva, pero no dejaremos que lo descubra, pues la derrota no ha de ser desoladora y nuestra alma no ha de parecer tierra quemada tras su paso.

Sí. Tienes razón. En parte por orgullo. Pero también porque quedó el recuerdo de los días que fueron lluvia sobre la playa o al menos remanso tras la tormenta que traen estos días inciertos, aunque esto jamás debamos declararlo en presencia de la persona despedida o en ausencia de un abogado.

Tratemos de fijar la mirada en un Bogart que confiesa a Ingrid Bergman que siempre les quedará París, aun cuando París sea ruinas humeantes y lo que antaño creímos confundir con cañonazos no sean los latidos de un corazón galopante, sino cañonazos al fin y al cabo, o quizá sí el corazón, pero más bien aquel órgano de naturaleza muscular, común a todos los vertebrados y a muchos invertebrados, que actúa como impulsor de la sangre y que en el hombre está situado en la cavidad torácica, y que el tabaco, la falta de sueño, la mala vida (o la no tan mala) junto con algunas despedidas como la descrita, hacen sonar como la máquina del vapor malherido que abandonó Lord Jim mientras se hundía en un arrebato de cobardía que jamás se perdonará.

Aunque quizá sí fueran los latidos de un corazón galopante, o yo qué sé, el palpitar de las venas que, imprudente, ahora arroja gasolina para apagar el incendio que provoca la ruptura. O no. O uno está hecho un lío y finalmente improvisa para no dejarse llevar por el torbellino de su mirada, tratando de mantener la nave al pairo ante el embate de las olas. Quizá sea eso. Que en definitiva uno está hecho mierda y no sabe qué decir.

Pero lo dicho, copiemos el rictus de Bogart, y despidamos a la muchacha, envueltos en nuestra gabardina de tipo curtido en despedidas color gris olvido. Miremos sus ojos, evitando ahogarse en el azul de ese océano que ahora navegarán tipos con mejor carácter, hagamos caso omiso a las sirenas que nadan en él y pronunciemos las promesas pertinentes. Aunque cuando ella suba al avión nuestro pecho quede árido, agujereado y silencioso como los mares de la luna y no nos espere el inspector Renault con el compromiso de una hermosa amistad. Retiremos el mechón de su cabello que le tapa la cara, por última vez, y digamos algo así como: Anda, sube a ese avión, devora la manzana y márchate. Todo va a ir bien. Ella quizá también sonría, y quizá comprobemos que cuando el asesino asesta el golpe final con una sonrisa, a veces duele más la sonrisa que la herida infringida por el arma homicida.

Pero puede ser de otra forma. Mejor aún. Dejemos de mantener la pose y hagamos nuestro el discurso. Qué diablos. Sonreiremos más a menudo, ahorrémonos los suspiros, pensemos que la herida abierta será cicatriz que algún día contemplaremos, no exentos de nostalgia, con un gesto divertido, con algo de complacencia. Aunque estos no sean los días más felices vendrán mejores. Al fin y al cabo acordarse de vivir a veces conlleva hacer repaso de las derrotas con la esperanza del que sabe que la batalla decisiva aún está por venir, esa que no traerá despedidas sino encuentros llenos de abrazos como los que florecen en las salas de llegada de los aeropuertos.

Te vas

a la ciudad definitiva sin mí,

perdonarás que no te vaya a despedir.

La noche corta como un cristal roto y tú

estarás tan triste como hermosa.

Tu luz,

quemó mis naves cargadas de incertidumbre

y el corazón que sobre tu mesa yo puse

para cenar la noche en que nos dispusimos

a saltar de la mano al precipicio.

Y yo procuraré sonreír más a menudo

y acostarme a una hora prudente

tú me enseñaste que afuera, siempre,

me está esperando una nueva mañana

como aquella nuestra,

radiante y soleada.

Te vas

a la ciudad definitiva y en Madrid

quedamos huérfanos y enfermos. Te vas a reír,

pero pregunto cada noche a los fantasmas

que habitan mis bares

cuando vuelves a casa.

Los días caen lentos como el polen de un árbol,

cubriendo todo mi jardín de desencanto.

Un sucedáneo de la vida será al fin

el tiempo que he de recorrer sin ti.

Y tú procurarás cumplir con lo que has prometido,

ser fuerte y devorar la manzana.

Has de pensar cada nueva mañana

que un tipo a menudo piensa en ti y sonríe

aunque quizá no sean sus días más felices.

Y yo procuraré no suspirar tan a menudo

y acostarme a una hora prudente.

Yo sé que afuera, inevitablemente,

me está esperando una nueva mañana.

Lo prometiste, radiante y soleada.

Y yo procuraré mantener la luz encendida

por si se te ocurre volver de repente.

Alumbrará este recuerdo incandescente

el camino de vuelta, aquel que trazaron antes

viejos fugitivos y nuevos amantes.

martes, 15 de diciembre de 2009

Instantáneas

Los días van pasando y las canciones van vistiéndose. Desperezándose con urgencia y ansiedad como el que madruga para emprender un largo viaje. (Me recuerdo de pequeño. Levantándome con la llamada cariñosa de mis padres antes de que saliera el sol, cuando los coches aún no contaban con la caricia de los aires acondicionados y se aprovechaban las primeras horas del día, más frescas, para tomar la carretera y comenzar la odisea vacacional. Nervioso, perezoso y feliz. Así se visten las canciones, quiero imaginar.)

Ya hemos grabado las bases, las baterías, los bajos, de casi todas las canciones. El cimiento sobre el que se construirán las armonías, las melodías que empapelaremos de versos, esos que me recordaron vivir.

Grabar un disco conlleva un cúmulo de sentimientos. La responsabilidad de plasmar en forma de canción lo vivido y lo hallado. La tensión creativa que electrifica el aire del estudio. La alegría de emprender una nueva aventura. El agradecimiento por el privilegio de poder vivir con el maravilloso oficio de escribir canciones, retales del alma. Y por qué no decirlo, a pesar de que cuando uno compone y graba sólo responde a los dictados más íntimos de la conciencia, del corazón, es inevitable sentir la preocupación que conlleva la incertidumbre de no saber si los viejos amigos compartirán las inquietudes que uno vierte en cada tema, el no saber, en definitiva, si uno va a estar a la altura de las expectativas, si las hubiera, de la gente que me acompañó en anteriores trabajos. Y no es por vanidad. Creo que es ese miedo patológico a la soledad que siempre me ha acompañado y con el que el valor terapéutico de la música me ayuda a convivir.

Creo en el disco como ejercicio conceptual que resume un estado del alma, que engloba el sentimiento que uno acumuló en los días en que surgieron las canciones. El ánimo suspendido en el aire, como una fotografía en movimiento, esa que congela el aleteo de un colibrí, el salto de un atleta, la gota del presente vertiéndose en el charco que es la vida. Como esa instantánea que congela la imagen del cajón del escritorio abierto, con sus cosas, sus bolígrafos, los que nunca escriben cuando necesitas apuntar el recado urgente, con la postal de aquel viaje, el cuaderno que aún no estrenaste, o ese otro con el boceto que fueron tus días inconclusos, ya amarillos. Como la fotografía de la mesa sin levantar después de la cena y la charla, los ceniceros llenos, las copas ya vacías, el cerco que deja la botella de vino en el mantel, como el rastro de un beso adherido a la memoria con imperdibles azules. Como esa otra de la cama deshecha, o de la calle con el suelo lleno de octavillas tras la manifestación. Quizá también la risa o el llanto detenido en un gesto aparentemente incómodo en la foto, pero cadencia musical en el contexto de lo vivido.

Y así voy vistiendo las canciones. En los próximos días iré dando detalles de algunas de ellas. Iremos desgranando los misterios, si los hubiere, de las piezas que conforman esta llamada al recuerdo del ayer que viviremos, del mañana que fuimos, este disco que titulé “Acuérdate de vivir”. Trataré de dar cuenta de las búsquedas en el sonido y en la lírica que me condujeron a las melodías y versos que componen este disco cargado de memoria y de futuro. Manos a la obra.

martes, 8 de diciembre de 2009

Cono de luz


“El futuro es espacio, espacio color de tierra, color de nube, color de agua, de aire, espacio negro para muchos sueños, espacio blanco para toda la nieve, para toda la música”, cantaba Pablo Neruda.

Al revisar las canciones del que será mi próximo disco me escuché cantándole al futuro reiteradamente. Futuro, espacio blanco para la música, que yo llené de mis sueños. Futuro escondido tras un espejismo, futuro alumbrado por el recuerdo incandescente, camino recorrido por nuevos fugitivos, viejos amantes. Futuro en el que ha de cambiar la suerte de aquel que sueña con ser jardinero en Marte, músico de flores, delineante de columpios rojos o cantor de nanas. Ese futuro como tierra generosa abrazando la raíz, ese que vendrá a vernos cualquiera de estos días, en el que tendrás en tus manos lo que nunca tuvimos. Un futuro en el que ofreceremos algo más que maldiciones, quizás flores para tu pelo, o el olor a tierra mojada que viaja en la voz que revuelve la ropa tendida. Futuro que traerá algo más que un breve mensaje en el contestador, algo más que cenizas en la almohada o escombro de plumas tras un largo vuelo.

Por eso busqué en los relojes el título de mi disco, y entre aquellos en los que la sombra enseña (Docet umbra) la fugacidad del tiempo (Tempus fugit), entre aquellos que insisten en la brevedad de las horas que nos quedan (Breves sunt dies hominis) encontré un consejo sabio y urgente: memento vivere.

En el cono de luz que marca el horizonte de los futuros sucesos situé mis canciones. Y en ese empeño traté de hacer balance, construí ese tiempo venidero con retazos de todo lo que fui, empeñado por reivindicar la memoria, la colectiva, la personal, como el andamio sobre el que construir el mañana. Y ese ejercicio me recordó que ser feliz es una obligación, que a menudo desatendemos, que en lo pequeño a veces está lo importante, que lo cotidiano encierra a menudo un misterio que no somos capaces de atender con la calma que merece.

Ahora, mientras grabamos, veo como crecen las canciones, con la impaciencia y los nervios de un padre primerizo. Me arden en las manos y casi grito, deseoso de arrojarlas al agua de tus sentidos. Me sorprendo paseando por un Madrid plagado de bombillas tarareando de forma obsesiva alguna de las canciones, y paso de largo el lugar acordado para la cita despistado, absorto en mis pensamientos, repasando el plan de grabación, con un arreglo, un verso clavado en mi sien, intentando imprimirles color de tierra, color de nube, color de agua, de aire....Y en esas ando, mientras Javier Bergia, hermano en mil batallas, graba algunas percusiones. Feliz, preocupado, ansioso, febril y lleno de vida. Al fin y al cabo, estas canciones me recordaron que estuve vivo, y sobre todo, lo que aún queda por vivir.

Trataré de manteros informados.

Ismael Serrano

PS: No puedo evitar recordar la dolorosa figura de Aminatu Haidar y la urgente atención que necesita, y mencionar nuestra responsabilidad como españoles con el pueblo saharaui, la incapacidad de los políticos para hacer que se cumplan derechos fundamentales, su ineptitud a la hora de buscar soluciones que la permitan reunirse con su familia, a la hora de dar respuestas a la gente del Sahara.

martes, 1 de diciembre de 2009

Cuaderno de bitácora


De madrugada, nuestro barco soltó amarras y contemplamos como se alejaba el puerto de Peumayén. No vimos a nadie agitar sus pañuelos blancos. Aún continuaba la fiesta de despedida y nos llegaba hasta cubierta el eco lejano de la verbena. Mejor así.

Sólo un muchacho, corrió durante unos instantes, siguiendo el curso de nuestra embarcación mientras marchaba paralela a la ensenada, lanzando adioses, gritos que ninguno supo entender, porque eran sólo pavesas cuando llegaron hasta nuestros oídos.

Durante un largo rato quedamos así, inmóviles, asomados a la barandilla de la cubierta principal, mirando como el horizonte nocturno devoraba la silueta plagada de luciérnagas de nuestra querida aldea. Alguien rompió el silencio con una risa entrecortada. Un recuerdo le atravesaba los párpados. Un buen recuerdo. Y reía para adentro, o no tan para adentro, mientras todos lo mirábamos. Explicó el por qué de su risa y ahí empezó el anecdotario. Hicimos repaso de lo aprendido, mostramos viejas cicatrices, cartas aún no escritas, declaraciones de amor pendientes, todo lo vivido, todo lo hallado, con la prisa del que cuenta para no olvidar, mientras nuestro barco navegaba mar adentro.

Fueron días tranquilos. Viajaba con nosotros un pequeño grumete, que como rabo de lagartija, se movía incansable de un lado para otro. Trepando por las jarcias cantaba a voz en grito. A menudo tarareaba una chacarera:

“Soy el olvidao,
el mismo que un día
se puso de pie,
tragando tierra y saliva.
Camino hacia el sol,
para curar las heridas.”

Más de una tarde, Venus nos saludó mientras la viola iba de mano en mano, arrancándole astillas al olvido. El muchacho entornaba los ojos mientras cantaba

“Soy el que quedó
en medio e'los ranchos,
guacho del fiao
a un mate y guiso inventado.
Hambre y rebelión
fueron creciendo en mis manos.”

Quedaba lejos la tierra gaucha en medio del océano. Peces voladores saltaban a nuestro alrededor ensartando retazos de arcoiris desprendidos de la voz del pequeño.

La noche se aborrascó y nos preparamos para la tormenta. El cielo derramó su ira y el barco danzó una danza terrible. Si a la parte del casco cubierta por las aguas se la llama obra muerta, en aquel momento todos lo eramos. O eso parecía. Se hizo el silencio. O no tanto, porque el crujido de la madera y el rugido de la tormenta atravesaba las paredes de nuestros camarotes, en los que casi todo el mundo se encerró, después de asegurar con trincas nuestros efectos de abordo y los ánimos.

Entre el embate de las olas, entre truenos y centellas, una voz se coló por debajo de todas las puertas. Era una queja en la voz de una mujer, suerte de soleá por bulerías o al revés:

“Cuando la luna se pone sus zarcillos de coral

las olas del mar bravío

rompen a llorar.”

La voz, llena de sur y cante jondo, fue calmando el ánimo de la tripulación y pareciera que también el de las aguas que nos zarandeaban, porque poco a poco la tormenta amainó. Antes de salir todos a cubierta para buscar a la mujer que cantaba, pudimos escuchar los últimos versos:

“Tengo una puerta en mi alma

que no necesita llave

yo la tengo siempre abierta

y no me la cierra nadie”

Nadie supo de la intérprete aunque todos juraron oírla. Sólo el joven grumete se aventuró a hablar de sirenas gitanas que acompañaban a los marineros en momentos difíciles. La nave siguió su curso y nadie volvió a comentar lo ocurrido.

Trabajaba en el barco, un viejo marinero norteaméricano, algo cimarrón según decían sus compañeros. A menudo lo veíamos salir de la sala de calderas fumando un cigarro negro y cantando canciones revolucionarias.

En una de las guitarreadas vespertinas se atrevió a agarrar el instrumento.

“This land is your land, this land is my land

From California, to the New York Island

From the redwood forest, to the gulf stream waters

This land was made for you and me”

Entonaba la canción del sabio Woody Guthrie con la melancolía de aquellos que no vienen de ninguna parte y añoran su hogar.

Alguno derramó una lágrima recordando esa tierra que siempre fue nuestra y que nunca conocimos. Aquello que somos:

“here was a big high wall there that tried to stop me.

Sign was painted, said private property.

But on the back side it didn't say nothin'.

This land was made for you and me.”

Y aquello que ha de ser, sin muros que impidan nuestro paso, como el mar que cruzábamos al atardecer, ancho como un abrazo, como el recuerdo envuelto en el pañuelo de la infancia.

Por fin llegábamos a nuestro destino. Después de varias semanas de travesía tocaba despedirse de los compañeros de viaje. Así que esa noche hubo fiesta. El capitán sacó su mejor ron, aquel que tenía guardado en el cuarto de derrota (más apropiado imposible). Y en mitad de la noche un hombre declamó en voz alta unos versos de Nicolás Guillén, desde el castillo de proa, que cabeceaba con monotonía animal. Quizá fue en ese momento en el que un tres improvisó una melodía, sonaron unas tumbadoras y alguien, contagiado por el sabor a caribe de los tragos, se arrancó por Rubén Blades:

“Siempre aparece el sol, tras los aguaceros. 
Siempre, tras la tormenta llega la calma. 
Después de los tiempos malos, llegan los buenos 
y premian a los que no rindieron sus almas.”

Así hasta que los primeros rayos del sol arañaron las tranquilas aguas del mar, arrastrándose hasta encaramarse al bauprés, para escalar después cada mástil. Allá donde viajaba nuestro canto. Navegábamos hacia el amanecer. Aún sonaba la música cuando divisamos tierra.

Recuerdo nuestro viaje de regreso mientras grabamos los bajos para el nuevo disco. En ellos hay un poso de aquella odisea. En su madera nuestras canciones hacen temblar el alma inquebrantable de sus instrumentos. En la gravedad del contrabajo, navegan los peces voladores que encontramos a nuestro paso. En sus clavijeros se posan albatros, como aquellos que recibieron nuestra llegada con el estruendo de sus risas, dejando escombros de plumas en aquellas despedidas.

martes, 24 de noviembre de 2009

Pugliese


Querido Habitante:

Empezamos la grabación del nuevo disco y nos encomendamos a Pugliese, santo laico de los músicos, para que nuestro barco llegue a buen puerto. Las grabaciones son siempre intensas. Aislados, en estudios donde no se cuela ni un rayo de sol, vamos enhebrando el hilo de las canciones. Dentro del estudio, “Acuérdate de vivir”, va desplegando sus alas y fuera, la vida sigue su curso, con su habitual mal gusto, sin contar con nosotros.

Pero a pesar del ambiente carcelario que se impone en las grabaciones, es imposible desconectar con una realidad unas veces amarga y otras veces luminosa.

Mientras Vicente Climent, músico habitual en mis grabaciones, afila sus escobillas para sacudir las baterías que harán temblar las nuevas canciones, fuera, en una no tan remota isla, Aminattou Haidar, activista saharaui es retenida en el aeropuerto de Lanzarote, después de ser expulsada de Marruecos por su lucha por los derechos y la dignidad de su pueblo. La deuda del pueblo español con el pueblo saharaui es olvidada por los políticos, que permanecen escandalosamente impasibles ante la vulneración continuada de los derechos de Haidar y su gente.

Dentro del estudio las baquetas de Climent bailan al son de nuestras esperanzas, del manojo de preguntas que florecieron en estas nuevas canciones. Fuera, la gente se busca, un hombre o una mujer regresan a casa contando monedas para comprar tabaco, contando derrotas, sin empleo, sin excusas, sin explicaciones.

Pugliese sonríe desde una vieja foto en blanco y negro. Músico luminoso, comprometido, sindicalista y tanguero. Toda la vida contracorriente. Hasta el final de sus días. Los restos de Osvaldo Pugliese, fallecido en 1995, fueron llevados por la avenida Corrientes a contramano, en el sentido contrario al del tráfico de la calle. Desde entonces se ha convertido en símbolo de la buena suerte para multitud de músicos que encuentran en su modo de vida un referente.

Músicos caminando a contramano. A pesar de que el mundo se empeñe en seguir su curso, sin contar con nosotros, a pesar de su empeño por aislarnos, tenemos el deber de conectarnos, de recuperar nuestra esencia de animales sociales, de mirarnos en el espejo de una sociedad en la cual reconocernos, de luchar por el reconocimiento de los derechos de todos, incluidos los de aquellos que ven como la arena de los relojes hacen crecer sus desiertos. Aunque eso suponga tomar la calle a contramano, intentando no dejarse llevar por la corriente del tránsito que, como una marea inexorable, trata de arrastrarnos, lejos de nuestro destino, aquel que elegimos, certeza de futuro.

Que Pugliese nos proteja en este empeño.

martes, 17 de noviembre de 2009

Acuérdate de vivir

Querido habitante:
Te escribo desde Madrid. Espero que al recibo de la presente las cosas vayan bien en Peumayén. Supongo que habrá recuperado la calma que durante nuestra estancia le arrebatamos.

No te voy a mentir. A veces echo de menos el rumor quedo de tu pequeña aldea, la brisa que bailaba en los acantilados, el vino verde de sus tabernas, la charla y el parte metereológico en cada encuentro casual en el puerto. En definitiva, su vida encallada en el tiempo, como un viejo haiku que encierra la sabiduría de todos los atardeceres.

Pero teníamos que partir. Nos recordasteis la urgencia de vivir, como una leyenda tallada bajo el reloj de sol, y aquí estamos, dibujando nuevas canciones.

Recordando las noches en tus calles adoquinadas emulo al bueno de Cohen, como un pájaro malherido temblando sobre la rama; el humo en el piano de Norah Jones y su leve mirada estrábica, como una tenue cortina, oculta la luz de un nuevo día que llega demasiado pronto; América Latina tiembla en un bombo legüero con la madre-tierra que llora la marcha de La Negra, que deshace los espejismos; el son alegre repiqueteando en el tres, canta en el malecón de La Habana en una noche eterna de ron y revoluciones.

Y me trae tu recuerdo la letra indecisa en un papel encontrado en la cocina, el balance de lo hallado y lo perdido, las banderas rojas y el último trago que siempre aplazamos para no contar los fracasos. Pero sobre todo el futuro. Futuro que deshace los espejismos, porque la realidad no acaba en ellos, futuro iluminado por la brillante carcajada que celebra el zarandeo de una chacarera, por la vida dejando de ser simulacro al revolver tu susurro la ropa tendida, futuro encontrado en la pared pintada con saludos de buenos días, el futuro de los hombres y mujeres que recogen las gotas de rocío y pilotan cometas.

El futuro de los hombres y mujeres que se acuerdan de vivir.

Así que en esas estamos querido habitante. Dibujando canciones, preparando el regreso, echándoos de menos, dispuestos a recuperar la memoria, pues vivimos.

Te mando todos los abrazos.

Ismael Serrano

domingo, 4 de octubre de 2009

Mercedes Sosa

No llores más, mi corazón, que yo no busco el olvido. Sólo busco futuro y horizonte, el faro que orienta al náufrago perdido...
Mercedes Sosa me regaló multitud sueños,en cada canción. Crecí escuchando su voz y ahora, más náufrago que nunca, huérfano y triste, recuerdo su canto y doy gracias a la vida por haberme regalado la oportunidad de conocerla. América Latina llora tu perdida, Negra Querida, y te busco, como el náufrago perdido busca el faro. Mis condolencias para toda su familia, para todos los que la amaron, para esta América huérfana.


Ismael Serrano