miércoles, 21 de diciembre de 2011

Bienvenido, Invierno.

Mañana grabo algunas guitarras. Estos son días largos. Y, a veces, me siento como el muchacho que grita tu nombre al otro lado de la calle. Más allá de los coches, tú, recorres la otra acera, con tu mirada de cerezo y niña perdida. El tránsito, el estrépito de una ciudad efervescente devora la voz del muchacho y sigues tu camino de nieve camino a donde todo termina. Sin oír su grito, sin ver su rostro. 
A veces, ya ves qué tontería, me siento así. O como el que viaja en el metro, en un vagón lleno de tarde de otoño y de acantilado, y encuentra, a través de la ventana, una cara conocida. Uno, dentro del vagón; tú, en el andén contrario, esperando a que llegue tu tren, viajando en otra dirección, pensando en tus cosas, frente a un cártel de unos grandes almacenes, con la cara llena de ayer. Nada puedes decir. Sólo sonríes y vigilas. Y la gente parece otra cuando no se sabe observada. El vagón inicia su marcha y todo se fuga.
Sigo grabando mi nuevo disco. Veo el noticiero.
Leo que el nuevo ministro de economía será el que fue presidente de Lehman Brothers en España en los tiempos en que todo se derrumbaba. Experto en derribos y fiel creyente de los mercados libérrimos y sacrosantos. Qué cosas: ahora le decimos Mercados; antes, Capitalismo. El de toda la vida.
Como dijo Sabina, el diario no hablaba de nosotros.
Madrid no quiere ser invierno y la cola de la gente que quiere comprar lotería de Navidad da la vuelta a la manzana varías veces, como una enredadera quebrada por la helada en torno al hierro oxidado. 
Toco la guitarra mientras espero. Y una cara llena de pecas, al otro lado del cristal, me saca la lengua. Me sonríe.
Bienvenido, invierno. Seremos otros y mejores, a pesar de las heladas, del viento en proa. O por eso.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Grabando

Podría estallar la guerra, sobrevenir un apocalipsis zombi, nevar quizá, o podría ser que  las redes de un barco atunero atrapasen a una sirena en mitad de un mar embravecido, que a todo el planeta le diera por besarse en los portales, podría una mañana salir en la tele Merkel llorando conmovida con un Sarkozy radiante a su lado, diciéndole, no aguanto ni un minuto más sin decirte que te quiero, se abrazarían entre los aplausos de funcionarios y banqueros, buscándose los labios, los chóferes lanzarían las gorras a lo alto, los camareros vaciarían las copas de sus bandejas si miradas vigilantes, los policías buscarían en los ojos rebosantes de ternura de sus compañeros lágrimas de diamante, quizá también pensando, no aguanto ni un minuto más sin decirte que siempre te he querido. Podría ocurrir todo esto y yo no me enteraría hasta ya muy tarde, al llegar a casa. Saldría del estudio pensando en mis canciones, en los planes pendientes. Volvería a casa, ya digo, y quizá al encender el ordenador, mirar el televisor o quizá las 28 llamadas perdidas del teléfono caería en la cuenta de que el mundo está por derrumbarse. 

Es absorbente empezar a grabar un nuevo disco. Aún así estoy pendiente de ti. Cómo muchos, sigues buscando un trabajo, un lugar en el mundo desde el que gritar, como el que se asoma a un acantilado y le habla a las olas, ruidosas, plateadas. Quizá la suerte hoy te acompañe. Como en la película de Berlanga, esta navidad Plácido recorrerá Madrid buscando aplazar una deuda, y una estrella de bombillas marcará el camino a una boca de metro. No habrá agua para los camellos, ni anís para unos reyes perdidos por el desierto. Con todo y con eso, como te digo, sueño contigo. Saldremos de nuevo a la calle, ya verás, porque este invierno será frío y no hay lumbre más ardiente que la que ofrece tu piel vestida de mayo.
Salgo del estudio después de grabar algunas sesiones de batería para un nuevo disco. Y aunque uno llegue tarde al fin del mundo, aún rehén de un manojo de canciones, sigo pensando en ti.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Vámonos

Este invierno tan primavera y tú, vestida de mayo.
Vámonos al frío, a donde la luz no llega
atravesando nieblas y horizontes
con carteles de "en obras" frente al cielo.
Por una vez olvidemos el idioma
en que maldicen los gendarmes
que controlan las fronteras,
el humo que escupen los banqueros
que niegan el futuro y tu hipoteca.

Vamos, pequeña,
 que sobre la línea inconstante del asfalto
volaremos como gaviotas que muerden
la plata que acuchilla la mañana.
Este otoño tan abril y tú vestida de madrugada,
resistiendo las heladas y la duda
que es palpar la pared, desconcertada,
buscando interruptores que se esconden.
Es a veces el otoño una gotera
que encharca la cocina y hace frío,
y todo trae la luz blanca de escarcha
que quema los jazmines del olvido.

Vamos anda, que ya es tarde.
Quedarán en Madrid las mil guirnaldas
como cuerdas tendidas con la ropa
de los ángeles despiertos a deshora,
las medusas que sonríen tras la luz
de escaparates, todo a plazos,
oropeles de algún barco naufragado.
Queda Tántalo también buscando sitio
entre atascos sin origen ni destino.
Volveremos a vestir árboles rotos
como cada Navidad que fuimos niños.

Pero ahora vamos, mi pequeña,
se hace tarde. Tú, de mayo
y este otoño, tuyo y mío.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Los momentos previos y las disculpas

          En un rato me voy a la prueba de sonido en el auditorio de CCOO (Lope de Vega, 38) a probar sonido para el concierto de Tele-K (que será a las 20:15). También estarán Pedro Pastor, Luis Pastor, Manuel Cuesta y Aute.

          Por cierto, os debo la entrada en el blog de ayer. Entre las toses, la preproducción del disco, los nervios propios al empezar un nuevo proyecto se me escapó el tiempo. Al día le faltan horas. Queda poco para empezar. Ahora andamos trabajando en el arreglo de una vieja canción (casi de adolescencia) que hemos recuperado para este disco. Sonará sencilla, clara, como el manantial que cada mañana lava las arrugas de nuestro rostro. El tiempo pasa y somos otros, pero no peores. Otros que, aunque siguen soñando, saben de los zarpazos que dejan los deseos tras la estrella que araña la madrugada.

           En medio de esta tormenta financiera, ya ves, me atrevo a sonreír. Dibujando columpios rojos, la silueta de un hombre solitario, las canciones que te debo y arrancándole las manecillas al reloj. En esas estamos.

Abrazos mil

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Horizonte

Miércoles de dentista y sol de invierno,
todo cambia para que todo siga igual,
y no hay urnas que aplaquen a la fiera,
ni soledad que borre los nombres
tallados en los árboles desnudos de los parques.
Duelen las muelas y el bolsillo
quemado por las brasas recogidas
en la última primavera en que aún cantabas
como aquel duende camino del trabajo
asaltado por mil durmientes con frío
sin caja de cristal que las proteja.
Es invierno, sin duda, cuando hablas
de la noche coronada de banderas
que un día nos robaron del balcón,
cuando miro asolado las macetas
huérfanas de jazmines y geranios,
como los sueños quemados del estío
cuando tu piel brillaba y era otra
la forma de mirar la carretera.

Era entonces promesa de una huida,
ventana a un paisaje de montañas
o dunas que se pierden a lo lejos,
el viento mece lento las cortinas
como el dulce tintineo de tu risa,
el reloj que mece siempre nuestra siesta.
Es ahora aquel camino,
una canto de sirena sin naufragio,
un acantilado gris con luz de pavesa,
un clavo que arde como zarza
que promete tierras innombradas.
Aquí ya nada tiene remedio,
te dices mientras miras
la senda que conduce hacia el futuro,
y vuelves cabizbajo hacia la sombra
que es la tarde de esta céniza de miércoles.

Pero no.
Hoy es siempre todavía y tú lo sabes.
Como si alguien del pasado te nombrara
mientras andas distraído por la calle
tú sonríes al girar el rostro. Nada
te hará perder el gesto, el desafío
que provoca tanta rabia en cada puño.
Saber que estás a tiempo, aún en invierno,
de incendiar cada mañana con tus ojos,
mirando al horizonte, que te espera
como amante en otro puerto al que regresas
sabiendo que estás vivo, aunque te hieran
los inviernos, los mercados, tanta espera.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Domingo de elecciones

Era el cielo la trenza plateada de una anciana, un mar de mercurio surcado por peces voladores, galeones piratas sin rumbo ni tesoro. Era invierno y llovía. Sorteando la arista de algún paraguas despistado y los charcos en los que tu paso dibujaba coronas de agua llegamos a Barcelona, Daniel y yo, y presentamos su libro.
Lo periódicos adornaban sus portadas con el apocalipsis habitual. Mientras Europa asistía impasible a los golpes de Estado que permitían a los mercados colocar a tecnócratas usurpando la soberanía que el pueblo deposita en las urnas, nosotros jugábamos a reflexionar sobre este tiempo que algunos llaman posdemocracia. Son urnas sí, pero cada vez más funerarias.
Barcelona vestida de frío es hermosa. Como todas las ciudades con mar cuando es invierno y cada abrazo en un portal suena a despedida y los plátanos de los bulevares parecen las manos crispadas del que reza o maldice.
Volvimos a Madrid y el golpe de las ruedas del avión contra la pista me recordó la cita del domingo. El avión estaba en penumbra y Madrid bostezaba.
El domingo pensaré en ti. En tu grito como otro puño levantado en un atardecer lleno de promesas, en la luz de este invierno de mercurio y sol de domingo. Camino del colegio pensaré en las nuevas primaveras que ha de parir este diciembre en el que ellos vestirán de gris y tú de futuro.
Yo este domingo iré a votar. Consciente de que participar en democracia no es sólo introducir el sobre en la urna. También lo es ocupar la calle, convertir las plazas en ágoras de debate efervescente, militar, participar del tejido asociativo de la sociedad civil, comprometerse cuando la ocasión lo exige, estar alerta, no sucumbir, soñar aunque todo sea relámpagos y cuchillos.
Iré a votar pensando en ti. En tu exigencia de una democracia real, efectiva, voz de todos los ciudadanos. 
Aunque el día sea gris, como lo es el hormigón con el que se hacen los cimientos sobre los que se construyen nuestros sueños.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Tebeos

             Como en la canción de Sabina, el diario no hablaba de nosotros. Y pudiera parecer que los ultracuerpos subidos a estrados tampoco. Leían su guión ya conocido, trastabillándose y sobreactuando ante un auditorio presa de los bostezos. Como en los teatros en los que los ataques de tos rompen la trama y el sueño del actor, las promesas de los políticos quiebran el sueño del ciudadano, que ya no quiere salvadores sino futuro que cristalice en las manos, tendidas a la lluvia, como los plátanos pelados de los bulevares.

           Van a cerrar mi tienda de cómics de toda la vida. Aquella de la que salía cargado de tesoros, historias con más color que la vida atravesada en nuestros párpados, declaraciones de amor y de guerra en un bocadillo suspendido sobre la cabeza del superhéroe siempre alerta, tu amistoso vecino, la implacable flecha verde que se escapa del tedio y de la muerte, la increíble Patrulla-X, Mortadelo y Filemón, Joe Sacco arrancándole la piel a una realidad malherida, los ratones de Maus en el pozo más oscuro, Carlos Giménez y sus huérfanos eternos, yo mirándome al espejo de la infancia, en el que, ya sabes, las ventanas siempre parecían más grandes.

            Cierra El Aventurero, junto a la Plaza Mayor. Otra víctima de la crisis global, implacable, que no entiende de luces prendidas junto a la cama, releyendo el último tebeo, de la mirada de niño que tiembla ante el olor a papel brillante coloreado, ante el final feliz que casi nunca acompaña a la tinta roja de la actualidad.

            A veces un niño grita en nuestra garganta y el diamante que fuimos brilla y nos quema dentro del pecho, como un mal tequila tomado de hidalgo, de un solo trago, evitando el gesto que la llama nos provoca, sin más sal que la de esta lágrima, sin más limón que el recuerdo del tiempo que todo era más fácil y la brisa más dulce nos acariciaba a la salida del colegio.

           Como en la canción de Sabina,el diario no decía nada de mi tienda de tebeos. Y el otoño, como el transatlántico en la película de Amarcord, atravesaba la niebla del tiempo como un lamento, lejano, con la apariencia sepia de una foto vieja y maltratada, con el cielo lleno de canas y la gente sonámbula, con ojos de pijama y luz de mediatarde.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Madrid

Madrid  era la aurora esperando nuestra llegada,
borrachos e invencibles,
por una avenida vestida de claveles y panfletos.
Regresé a esas calles,
las cariátides miraban el ir y venir
de transeúntes que jugaban a olvidar.
Yo te miraba a ti,
con tu rostro lleno de pecas
como luciérnagas inquietas,
revoloteando sobre las aceras amarillas.

Era otoño.
Como casi siempre que uno recuerda.
Los plátanos desnudos
como las manos abiertas de las plañideras;
las plazas huérfanas de banderas,
llorando por una acrópolis sitiada,
Pericles desnudo y desarmado.

Siguen cerrando cines
y, como en las puertas de Tanhauser,
creo ver rayos C
sobre los neones de Callao,
palomas plateadas que brillan lejos.
Huele a castañas asadas
y mujeres malheridas
duermen en los portales,
corte de los milagros sin mesías que los salve.

Hay también ese rastro de infancia
en lo alto de los edificios;
y en el fondo de los escaparates,
arrecifes de coral de saldo,
folclóricas que bailan sobre los televisores,
litografías de un otoño en que llovía,
retratos antiguos,
mi amigo estuvo en Madrid
y sólo me trajo esta camiseta,
esas cosas que nadie sabe quien compra
pero que brillan sobre mostradores
como láminas de un mar en la tarde,
como recuerdos que encharcan los bares.

Soy parte de Madrid,
como soy el hombre que te busca,
que sabe que en tu espalda
se vierten las cascadas del primer deshielo,
que cambia las cuerdas de su guitarra
porque empieza otro otoño
que se empeña en parecer primavera,
como la aurora que tú y yo habitamos.

Madrid era la aurora esperando tu llegada.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Motor de búsqueda


Así que era esto. Saberse perdido.
Buscar la llama en cada zarza.
Imaginarte en la cocina silenciosa,
tus labios en la bombilla,
los míos en tu recuerdo.
Aproximadamente 175.000.000 resultados.
Y en ninguno nuestros nombres
atravesados por la flecha del tiempo
curvada, como un ala en vuelo,
 por la gravedad de este adiós,
agujero negro en el sofá,
galaxia en espiral
que bebe océanos siderales,
mis ganas de levantarme,
mi pesadilla de madrugada
agitando los pulmones,
esta mezcla de mal de altura
y echarte de menos.

Así que es esto. 
El color a incendio
en la pantalla del teléfono
en que sonríes con un niño en brazos.
Todos los resultados. Cualquier fecha.
Y en ninguno el olor de la vida en pijama,
el mismo que tu cuello, como flores de arroyo
en un abril lleno de claveles.
El ordenador ronronea.
Búsqueda avanzada.
Y detallo tus curvas,
el modo en que dices mi nombre,
que suena a Melville y a oasis,
a Madrid iluminado en Navidad,
a madrugada de manta y serie televisiva,
a salida de colegio,
a primer beso.

Triste, con olor a ozono
inundando el cuarto 
de un hotel sin calefacción,
 te echo de menos. 
No se abren los mares
aunque invoque tu nombre.
Estás lejos y salgo a tu encuentro.
Así que, por fin,
la vida consiste en esto.
Motor de búsqueda.
Voy a tener suerte.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Caracas

Emocionante concierto en Caracas. El público nos abrazo hospitalariamente en nuestra primera visita. Por fin llegamos a Venezuela y fuimos sorprendido por el coro de hombres y mujeres que conocían las canciones y que se empeñaron en recordarnos qué debe ser vivir. Entre otras cosas, desde luego, debe ser cantar contigo. Gracias mil.

En Caracas


Es la voz del contestador
la de un juez que dicta sentencia.
Como la de los megáfonos
de los aeropuertos arrancándome
de tu abrazo de luz de zafiro.

No sé de ti y aquí en Caracas
todos los arroyos que surcan el asfalto
desembocan en tus manos.
Mis pies dibujan coronas de agua
y los autos parecen bestias enfurecidas
que embisten la niebla
que baja de los cerros.

Me levanto tarde y con ganas
de levantarte en brazos,
y soy la espuma de la primera ola
 arañando tu mañana,
la corteza del árbol primigenio
donde todos los amantes
tallaron sus nombres.

Te echo de menos
y busco tu rostro en el de todos los peatones
que sortean los charcos
y nadan entre anémonas de humo.

En los embotellamientos
la gente vigila al coche de al lado
y sueña con una mirada a través del cristal
que le arranque del tedio,
que le proponga una huida definitiva,
que le muerda los hombros,
el cuello y la vida,
hasta desangrar los cuerpos
que conducen cansados
y apagan las radios
para no sentir la espina
de esa canción que no habla de ellos.

La gente, ya te lo dije,
nada sabe del amor
si no se reconoce en nuestros pasos.
En cada esquina
encuentro tu acertijo
mientras llueve en Caracas
y el mundo grita la pregunta
que nos tiene por respuesta.
Es sólo que te echo de menos.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Esperándote


Este silencio de cocina vacía,
este alfiler clavándose en el párpado
esta ausencia tuya grazna
encaramada al perchero sin abrigos.
Te echo de menos, ya ves,
y el autobús en que viajas
es la góndola en la que Venecia
se llena de brindis y guirnaldas,
el balcón repleto de oscuras golondrinas,
la fiesta que uno admira mientras llueve
al otro lado del cristal de la ventana.

Tú, tan Ulises de regreso,
yo, sin triste sudario que tejer,
y este octubre terco
que clava las agujas del sol sobre mi espalda,
que deja a los maestros sin escuelas,
que escupe a los otoños las mil hojas
que arropan a los muertos de las horas
más sombrías de Madrid
donde gritan las radiales y las olas.

Te has ido un instante,
sólo una tarde de recados y tareas
y yo me tumbo en el suelo
y ensayo el desmayo que es tu ausencia
y siento el frío de la tierra
como un abrazo de sala de embarque,
pasajeros al tren, despega el vuelo,
quizá no te dije que te quiero
tantas veces como pude,
y me levanto sintiendo que el cuerpo,
como el alma, es más viejo
y quizá por eso esta soledad
tan de número primo,
de neutrino incomprendido en su odisea,
de coche en segunda fila,
de carta extraviada en algún frente.

Te amo. Y vuelves.
Vibra el teléfono y descorcho una botella
y te sonrío, el autobús venía hasta arriba,
y salvas mi retrato del incendio
y todo empieza en ti. En tu regreso.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Despedidas y encuentros. #papacuentameotravez


Llegamos a Madrid. Y nos preparamos para la presentación del libro #papacuentameotravez de mi hermano Daniel Serrano, que haremos en el bar La realidad en La corredera Baja de San Pablo, 51, el jueves a las 19:30 con Nacho Escolar y el autor.


De mi despedida de Buenos Aires quedaron unos versos.


Adioses

Eran copos de nieve, estrellas amarillas,

pavesas arrastradas por los alientos agitados

de dioses tristes,

las ventanas alejándose,

el mar de pañuelos blancos,

las oraciones de despedida,

mi abuela persignándose en la puerta de su casa

al vernos partir de vuelta a nuestro hogar.


Todo nos decía adiós,

nos íbamos como un ejército cansado

que tras poner claveles en cada cañón,

tras abrazar al último habitante

mientras el viejo himno sonaba,

soñaba con pisar la tierra

que aún se escondía en el fondo del bolsillo

y en las gargantas heridas de tanto llanto.

Fuimos felices y aunque el mundo se agrietó,

escupiendo la lava que ha de devorar

escuelas y hospitales,

dejando para la historia

las estatuas de madres protegiendo a sus hijos,

como en aquella ciudad sepultada,

nos atrevimos a idear días mejores,

nuevos amaneceres.

No rebelamos ante tanta somnolencia

y a lo lejos, en mitad de una plaza,

un tornado giraba como la risa de un niño,

como el polen que llora la copa de un árbol

agitando los estambres y las almas.


Y adoré tu rostro,

dulce, ferozmente,

porque apareces en todos los planes,

porque todo en ti

encuentra una razón.

Volved pronto, parece decir la ciudad

que, tímida, se levanta

cubriendo de escarcha nuestras frentes

y la serpiente que duerme

en la carretera camino del aeropuerto,

con sus escamas rojas y amarillas,

con su cartel de libre apagado,

nos mira marchar y descubre su cabeza.


Vuelvan pronto,

parece decir el niño que saca la lengua

en el coche de al lado,

el río agitado, el mate listo,

las calles de Palermo,

y los libros de Soriano.


Volveremos.

Al fin y al cabo, hermosa ciudad,

eres la luz perenne de los faros,

la costumbre de dormir al lado izquierdo,

la cábala al salir al escenario,

la duda de estar vivo si ella falta,

ventana hacia el futuro,

camino nunca andado.

martes, 13 de septiembre de 2011

Tener miedo.


La tarde del 12 de septiembre fue emocionante. Tuvimos la oportunidad de presentar el libro de poemas de mi padre "La blancura de la ballena" en Buenos Aires. La Trastienda, en San Telmo, como otras veces, nos recibió calurosamente. La primavera derramaba su luz sobre los adoquines y los versos estallaban sobre las aceras como la lluvia de un mal verano. Fuimos felices. Gracias a todos. Les dejo un link para qué estén al tanto del viaje de este poemario: http://www.facebook.com/Ediciones.Galmort

Y este poema de miércoles para ahuyentar a los miedos.



Tener miedo


Estar vivo es estar asustado.

La amígdala vibra

como la campana de un tren

que se despide de la ciudad

asaltada por el mar y las mentiras,

como la molécula de agua

mecida violentamente

por el calor de la llama.

El té está listo

y en la encimera de la cocina

el libro que nunca terminamos de leer.


A veces una canción,

un recuerdo al pie de una montaña

o del viaje que aún no hicimos,

como el ala de una mariposa

que acaricia mi mejilla,

me trae besos de lorazepam

para mi alma y mi consuelo,

y el televisor es una caracola

con el sonido de las playas

en que saltamos las olas,

Imbassaí como el cuento del pirata

abandonado por los turistas,

solos tú y yo,

y el tibio tacto de la arena,

la alfombra interminable

que conduce al futuro

o a la siesta compartida.


Estar vivo, supongo, es tener miedo,

y sostenerle la mirada

a esas dudas que nos achican los pulmones

a esa nada parecida

a la sensación del escalón olvidado,

la pendiente abrupta en el asfalto

viajando en el coche hacia una nube.


Saberse vivo aún temiendo

que el mañana sea un precipicio

o una casa con la puerta entreabierta,

vacía y silenciosa, guerra fría,

sabiendo que un día al despertar

Madrid se callará y tú, perdida;

saberse vivo aún sabiendo

que al borde de la vida está el olvido,

será la obligación de los valientes,

que saben que está todo por hacer,

que olvidados y asustados aún tenemos

la costumbre de pelear contra la sombras

que esperan escondidas en armarios,

que gritan su ronquera en los periódicos

que tiemblan en mi pecho como hadas

encerradas en un tarro como insectos.


Tenemos miedo pues amamos

con la voluntad voraz del que se sabe

perdido sin la paz de tus abrazos,

sin la analgesia dulce de la espera

que antecede a tu llegada de algún viaje,

promesa segura de saberse

a salvo de los miedos y el reproche.




martes, 6 de septiembre de 2011

Supernova


Terminó la gira Acuérdate de vivir en Argentina, Chile y Costa Rica. Y queda un poso de tristeza. Ya sabes. Como la casa abandonada tras la fiesta: guirnaldas por el suelo, botellas vacías abandonadas en cualquier sitio, ceniceros repletos, el rastro de un tornado recorriendo la cocina. Y el eco lejano de las voces que celebraron el encuentro: estrépito de gaviotas persiguiendo un barco que regresa. Te echaré de menos. También en eso consiste estar vivo.

Supernova

http://www.publico.es/ciencias/393332/detectada-una-explosion-estelar-cercana-a-la-tierra

Hace 21 millones de años

estalló una ardiente supernova

y hoy, airado, el firmamento

escupe un diamante, congelado,

luminoso, de blancura cegadora

y no hay niños en pesebres

que nos salven del naufragio.


A veces te dará por pensar

que todo es piedra negra y afilada

y que difícilmente podremos trepar

el acantilado contra el que las olas

empujan los botes salvavidas.

Pero habrás de ver que la noche

pare nuevas estrellas,

supernovas ancianas,

más que el rencor y los abrazos.


Hace 21 millones de años supe de tu existencia.

Entonces todo era camino de tierra,

plagado de baches y lagartos,

y tú, como una amapola en el arcén,

como una gota de sangre

dejada por el animal herido que huye

de las pistolas y las tormentas,

temblabas anunciando algo nuevo,

un fin de año claro y soleado,

una tarde contigo en el Edén,

sofá de videoclub y gaseosa.


Ahora, tu ausencia araña una pizarra,

y esta tarde gris tan nosotros,

tan tú y yo soñando alguna huida,

me deja tu recuerdo entre las mantas,

la cama es una pista de aeropuerto

donde aterrizan grises aeroplanos

pilotos que han perdido sus batallas,

cormoranes venidos desde lejos

para ver amanecer en nuestro abrazo.


Hace 21 millones de años estallaba

un estrella blanca, pequeña y somnolienta,

cansada de dormir el sueño de otros,

y el cielo a veces es una alambrada

o el agua de piscinas que en invierno

recogen hojas secas, renacuajos

y todo trae la sombra de cipreses.

Menos mal que tú viniste un día

para alumbrar con luz de supernova

viejas constelaciones desgastadas

por el arañazo inútil de deseos

que fueron persiguiendo a otras estrellas.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Mamihlapinatapai

Tras un largo viaje de 16 horas en autobús llegamos a Neuquén y dimos el primero de los dos recitales que realizaremos en la ciudad. Con algo de retraso (fuimos de nuevo presos de las cenizas de un volcán) dejo la nueva entrada en el blog.


Mamihlapinatapai

Mamihlapinatapai es una palabra del idioma de los indígenas yámanas de Tierra del Fuego, listada en el Libro Guinness de los Récords como la "palabra más concisa del mundo", y es considerada como uno de los términos más difíciles para traducir. Describe "una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar" (De la wikipedia)


Ardían en las farolas de aquella calle supernovas

y vibraba mi pecho como la caja de un violín,

madera maltratada por las despedidas y el invierno.

Miraba los taxis vacíos, saludaba a los niños

que desde los coches agitaban sus manos.


Te esperaba a la puerta de un teatro

y era tu barrio un carrusel ardiendo,

torbellino implacable de hojas secas

y jazmines sin flor trepando por las verjas.

Entonces apareciste bajándote de un coche.

Mamihlapinatapai.


Mirábamos el primer acto y en nuestras sienes

latían mariposas durmiendo en crisálidas azules.

Reías en el asiento de al lado y entre las butacas

saltaban peces voladores y las lámparas que marcaban

la salida de emergencia llevaban todas a tus labios.

Mamihlapinatapai.


Yo te comenté algo sobre uno de los actores,

cualquier tontería, me acerqué a ti,

y una ráfaga de futuro me cruzó la cara,

atravesando la cortina de tu pelo.

Ahora sé que se dora con los atardeceres,

pero por aquel entonces sólo intuía que en su cascada

podrían lavarse todas las almas del mundo

del barro que dejan las tormentas de estos días.

Mamihlapinatapai.


Salimos comentando la obra, poniéndonos los abrigos

y el hierro de las corazas que nos salvan

del hielo de la luna y los desengaños.

Éramos Adán y Eva expulsados del Edén.

Caerán ahora, pensaba, los besos y los adioses

sobre mi rostro como el trozo azul de un glaciar.

Tú callabas mirando la calle

como buscando a lo lejos algo,

una isla perdida sin mapas ni tesoros,

un taxi libre quizá.

Mamihlapinatapai.


¿Tomamos algo?

Y en mi sonrisa sonreían todos los hombres del mundo.

Me encantaría.

La noche acarició el arroyo de tu pelo,

abrazó a los niños que no sueñan

y me llevó de su mano hasta tu casa.

Mamihlapinatapai.

martes, 23 de agosto de 2011

Te debo una canción


Para Montse (con permiso de Joaquín al que le debo mil canciones)



Te debo una canción,

que hable de mujeres con piel de quinoto,

de hombres con voz de caracola,

de borracheras al pie de acantilados

mientras el sol acuchilla el horizonte,

de perros correteando por el césped del Retiro,

y libros abandonados en los bancos.


Pero la luz estroboscópica

de estos días de hecatombe financiera,

de tierra ennegrecida por el incendio,

esta nube de cenizas que levanta cada paso,

la luz de notario que escribe este futuro

sin árboles, sin libros y sin hijos,

apenas me deja hueco en el pulmón para un suspiro,

tiempo que perder en la cocina,

calma para darte la canción que aún no te he escrito.


Te debo una canción

que hable del borde la vida

allá donde navegas de lunes a viernes,

soplando las costras en las almas,

pedazos de diamante maltratado

que tu lustras con paciencia, generosa.

Que hable de tu risa azulmarino

tu voz desalambrando la mañana

de la bronca que suena a maremoto

si tu marido y yo llegamos tarde,

la noche nos abriga como madre

que teme que sus hijos se hagan grandes.


Pero este mes viene desmadejado

y todo trae el sabor de un vino malo,

agriado por la sal que traen los llantos

de las salas de embarque hacia la nada.

Difícil es tejer las melodías,

si el mundo se deshace este verano

como los nombres que ha tallado en hielo

aquella adolescencia que habitamos.

Habrá que someter a referéndum

las cartas de los bancos, la tristeza

que flota entre los restos del naufragio,

las flores de papel, las despedidas.


Te debo una canción.

Estoy en ello.

martes, 16 de agosto de 2011

La carretera

Tiembla la cinta roja, el rosario regalado

bajo el espejo en el que todo se aleja.

Las manos en el volante,

la mirada en la carretera

y detrás de los ojos tu imagen,

la promesa pendiente,

las vacaciones futuras,

las dudas y los sueños haciéndose horizonte,

llenándolo todo.


Volvemos a casa,

que no es más que un estado de ánimo.

Somos de dónde nos dan de beber,

de donde nos abrazan los fantasmas

o de allá donde nuestro nido duerme.

Volvemos a casa

y el coche ronronea como un animal cansado.

En la ventanilla un borrón retrata lo que fuimos.


Nos preguntamos quién habitará la casa

iluminada bajo la lluvia,

cómo será la vida en esa aldea que dejamos atrás,

cómo serán las noches de esa muchacha

que cobra las golosinas y los refrescos

en la estación de servicio casi desierta.

Tararea una cumbia

y cuenta el vuelto con gesto mecánico.

Sonríe pensando en un nuevo abrazo.

Pero tu coche ya se ha alejado,

y devora bajo sus ruedas la vida

hecha horizonte.


Un perro camina solo por el arcén

y nos recuerda a todos los perros que tuvimos,

leales amigos que siempre trajeron la infancia

a los hogares que habitaron.

A tu lado, mientras viajas

crecen ciudades de chapa y miseria,

ciudades sumergidas, ocultas,

de negrura cegadora.

Evitamos mirar esas paredes tras las cuales

anda descalza la esperanza

y una pátina de óxido y tierra

cubre el futuro, allá donde niños mocosos

tiran piedras al olvido.


Somos esa carretera

que nos acerca a casa,

las ruinas que dejamos atrás,

el terco camión que jadea subiendo la cuesta,

el que cronometra el viaje repetido

e, infeliz, suspira satisfecho

por los minutos robados.


Y el viaje nunca acaba

porque al llegar somos otros

vistiendo el mismo cuerpo,

cansados por las horas al volante,

dichosos por encontrar tu mirada

en el asiento del copiloto

como la promesa de un hogar duradero.

martes, 9 de agosto de 2011

105







En la foto desgastada por el tiempo, ella sonríe tímidamente. Se abraza el cuerpo mientras espera a que la cámara abra su pupila para salvar este instante del olvido. Roberto Ismael, “Pilunchi” como le llaman los vecinos, ha colocado cuidadosamente la cámara sobre la nevera con el disparador automático. Sonríe, expectante, al otro lado de la foto. Entre él y su hermana, su amigo Jorge mira despreocupado. 8 años después, el 21 de enero de 1976, es secuestrado en el 4.265 de la calle Hernandarias, en Santa Fe. Desaparecido. Militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores y había estudiado para Perito Mercantil.

En la foto que el tiempo ha de desgastar, la ausencia, luminosa, tiembla allá donde otro cuerpo habitó los sueños. Junto al hueco que dejó Roberto Ismael, su amigo y su hermana. Ella conserva el gesto casi infantil, tímido de la otra foto, aunque el cansancio es otro. Se abraza como antes y ahora parece que es del frío de quien se protege. Jorge mira a la cámara como lo hizo casi 40 años antes. Tras ellos otra puerta cerrada.



Es un día alegre. Manuel y Blanca se casan. Ella mira hacia el suelo, serán los nervios de un día tan señalado. Manuel dirige sus ojos a la cámara casi desafiante, y permanece al lado de la que ha de ser su esposa. Angelita parece sonreír por algo que no acertamos a observar. Mira hacia fuera y abraza a su novio, Raúl Alberto, hermano de Manuel. Éste agarra la breve cintura de Angelita y el blanco y negro de la foto recorta su rostro como el de una figura bíblica. Es más joven de lo que parece.

“Son órdenes”. Eso le dijo a Angelita el conductor del jeep en el que llevaban el cuerpo agonizante de Raúl Alberto al destacamento policial. La noche del 11 de junio de 1976 hombres armados irrumpen en su casa. Se identifican como miembros del Ejército. Descargan sobre él sus pistolas. Luego entra la policía y registra la casa. Su mujer, Angelita, pide desesperadamente, a gritos, que lo ayuden. La policía accede a llevarlos al destacamento. Él es líder estudiantil en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica Argentina. No se le conocía militancia política activa. Angelita permanecería detenida 5 días, incomunicada y a disposición de las autoridades militares.

En la foto que el tiempo ha de desgastar Angelita mira a alguien que está fuera. Ya no sonríe con la inocencia de la foto en blanco y negro. Nadie abraza su cintura. El hermano de Raúl Alberto y su cuñada en idéntica pose pero a todo color. Aunque el tiempo nos hizo otros, lucha por asomar el relámpago de la juventud en las miradas. Y a la izquierda, la ausencia de Raúl Alberto, atronadora.


Las fotografías las encontré en un emocionante libro. Previo al concierto en Paraná tuve un encuentro con miembros de HIJOS. Aquellas maravillosas muchachas me hablaban con cierta emoción de los procesos que se están abriendo en la región contra criminales de la dictadura. Me obsequiaron esta colección de retratos. Se llama Ausencias y las fotografías están realizadas por el entrerriano Gustavo Germano. Las ausencias revelan el drama de tantos “trabajadores, militantes barriales, estudiantes, obreros, profesionales, familias enteras; ellas y ellos víctimas del plan sistemático de represión ilegal y desaparición forzada de personas, instaurado por la dictadura militar Argentina, entre 1976 y 1983”.

Otra ausencia es llenada. La Abuelas de la Plaza de Mayo encuentran al nieto 105. 105 niños secuestrados durante la dictadura se han reencontrado con su identidad, con su familia, con su historia. Laura tenía dudas con respecto a su origen y decidió hacerse un análisis de ADN. Así supo que nació en el Hospital Naval en febrero de 1978, por cesárea. Su madre dio a luz en cautiverio. Sus padres fueron secuestrados y llevados a la ESMA cuando su madre estaba de cuatro meses.

Aún hoy, después de tantos años, las ausencias dejadas en los retratos se llenan de rostros. Al fin y al cabo, de vida, esas ausencias, siempre estuvieron llenas.

martes, 2 de agosto de 2011

Habemus Papam

Decía mi abuela “una misa no hace daño a nadie” cuando, habiendo fallecido un amigo de mi padre, pedía que se celebrase una por el difunto en la iglesia de su pueblo, aunque éste no hubiera pisado lugar más santo que los bares en los que había brindado con mi viejo. No sabía mi abuela por entonces, claro, del coste de la misa que el Papa va a celebrar en Madrid a propósito de las Jornadas de la Juventud convocadas en mi ciudad.

Dicen que al Estado no le costará nada, que sólo reportará beneficios para la capital, pero lo cierto es que entre la cesión de los espacios públicos (colegios, polideportivos), el trabajo de los funcionarios, las exenciones fiscales a las empresas patrocinadoras y otras cosas (como el traslado de los papamóvil en un avión Hércules del ejército español) los contribuyentes aportaremos cerca de 30 millones de euros para sufragar la visita del Papa. Que por cierto no viene como Jefe de Estado sino como autoridad máxima de la Iglesia, para evangelizar a la descarriada España, víctima del azote laicista que sufre occidente.

Más allá de este gasto, la propia Iglesia ha reconocido que el coste de las jornadas y de la visita serán de entre unos 47 a 54 millones de euros, según declaraciones del propio obispo auxiliar de Madrid.

La ayuda del Estado español mandada a Somalia, que sufre una hambruna aberrante, es de 25 millones de euros.

Respeto profundamente las convicciones religiosas de cada uno. Admiro el trabajo de aquellos que, movidos por su Fe, sacrifican su tiempo y sus vidas intentando paliar el sufrimiento ajeno, poniéndose del lado de los excluidos, de los que menos tienen. Muchos de ellos pertenecen a la Iglesia Católica. Es por ese respeto que me parece totalmente indispensable la separación definitiva del Estado y de la Iglesia. Y es por esto que considero lamentable que el dinero de los contribuyentes se emplee en unos actos de estas características, en tiempos tan difíciles como los que nos tocan vivir.

La Iglesia católica también tiene sus indignados y son muchos los que tratan de hacerse escuchar enfrentándose a una jerarquía que se ha alejado de sus feligreses. Se llenarán las plazas jaleando al Papa, pero las parroquias se van quedando cada vez más vacías.

Desde el otro lado del océano observo como se desarrollan los acontecimientos en mi ciudad. Aquí, en Argentina, ponemos una cinta roja en un altar del Gauchito Gil, bandolero bueno, santo pagano, para que nos proteja en la carretera, pegamos una estampa de Osvaldo Pugliese, pianista militante, otro santo que espanta la mala suerte, en las fundas de nuestras guitarras, hay quien le pide a Rodrigo, cantante de cuarteto, que le cure el alma y quien le suplica a la Pachamama para que el invierno no nos maltrate. Yo le rezo a mi amada y venero su rostro, dulce, ferozmente, bebo del breve hueco de sus manos la savia sagrada que cura el olvido, cuento las pecas de su cara como los misterios de un rosario. Brindo por el futuro mientras observo a lo lejos mi ciudad y su imagen, trémula por el calor que se eleva desde el horizonte, me trae recuerdos de los amigos, abrazos solidarios, fotos de la familia y rumor de tormenta.

miércoles, 27 de julio de 2011

Cuento de invierno. Allegro molto vivace

Sobre el mástil de ébano la muchacha desliza los dedos y el violín se lamenta por tanta ausencia. Ella siente vibrar la madera junto a su rostro y el mundo se derrumba sobre las aceras. El cremonés Antonio Stradivarius lo fabricó en su taller de la Piazza San Domenico a juego con otro violín, una viola y un violoncelo que desparecieron al poco de ser comprados, ardiendo en otro palacio, en otro invierno. Eran años fríos aquellos en los que el famoso luthier trabajaba en sus mejores instrumentos y quizá fue el mal tiempo lo que hizo que los árboles regalaran su mejor madera para construir las cajas de tan preciados violines.

La muchacha, Violeta se llama, había soñado con ser concertista. Durante toda su infancia fantaseó con la posibilidad de viajar por todo el mundo tocando su instrumento, interpretando quizá la única obra que Beethoven había compuesto para violín (en Re mayor Op. 63) o cualquiera de los diez conciertos escritos por Vivaldi. Violeta ensayaba el saludo frente al espejo y la habitación entera temblaba ante la ovación soñada. En aquel tiempo, claro, Violeta, no acariciaba las cuerdas de aquel Stradivarius. Tocaba sus primeras escalas con un buen Yamaha de segunda mano con tapa de abeto. Su padre ahorró durante varios meses hasta que pudo regalárselo una mañana de otoño que se empeñó en ser primavera.

El tiempo hizo de sus sueños cenizas y humo. Violeta no era Paganini. A pesar de que amaba su instrumento, del tiempo que trató de dedicarle al estudio, de su constancia casi enfermiza, no alcanzó el virtuosismo que exigía el pertenecer a la élite de los grandes solistas. Tocaba en la sección de cuerda de la orquesta sinfónica de su ciudad y con otros compañeros de conservatorio formó un cuarteto con el que de vez en cuando daba algunos conciertos en centros culturales de barrio.

Violeta era moderadamente feliz. Aunque de vez en cuando una llama de envidia le quemaba el pecho al escuchar a la solista de la orquesta interpretar el último movimiento del concierto para Violín y Orquesta en Mi Menor, Op.64 de Mendelssohn, allegretto non troppo , allegro molto vivace. Los arpegios ascendían y ella recordaba a la niña que frente al espejo ensayaba la reverencia.

Varias veces estuvo tentada de abandonarlo todo. No era demasiado lo que ganaba en la orquesta, el salario no compensaba el esfuerzo y el sacrificio que exigía el trabajo. Y en casa necesitaban más ayuda. Padre había perdido su empleo y a pesar de que la regañaban cada vez que, en la sobremesa, ella amenazaba con dejar el violín, no veía de que otra forma podía ayudar a su familia. Pensó en dar clases aunque la idea de enfrentarse a niños que, por empeño de sus padres, hacían mallar con ahínco sus violines le parecía poco atractiva.

No puede recordar cómo se enteró de la noticia. En el Palacio Real buscaban violinistas para ofrecer conciertos privados. Pensó en presentarse. En darle una última oportunidad a su amado instrumento. Aunque veía difícil que la eligieran entre los buenos solistas que se presentarían a la audición, decidió acudir.

Era extraño entrar en un Palacio como aquel para una audición. No eran muchos los convocados aquella mañana de primavera que esperaban pacientemente en una amplia sala del Palacio. Con las fundas de sus violines sobre las rodillas se vigilaban en silencio mientras se escuchaba el eco lejano de un violín trinando una pieza de Vivaldi.

Llegó su turno y una funcionaria la acompañó hasta una sala adyacente. A la manera de un tribunal dos mujeres y un hombre la esperaban tras una larga mesa situada al fondo de la habitación. Recordó sus exámenes en el conservatorio y se le hizo un nudo en el estómago.

Una de las mujeres, muy atentamente, la invitó a sentarse en la silla vacía que había frente a ellos. Y le preguntaron. Desde cuándo tocaba, dónde había estudiado, dónde había trabajado. Se hizo el silencio. El hombre le preguntó muy seriamente por qué había elegido el violín como instrumento. Y Violeta no supo qué contestar. De nuevo el silencio. Supongo que simplemente porque lo amo. Cómo dice. Amo este instrumento. Cuando lo toco las heridas se sanan. Le sostengo la mirada a los miedos y el vértigo se atenúa. Todo empieza y todo acaba en el momento en el que la crin del caballo acaricia las cuerdas. Es la analgesia definitiva. Es el diálogo último con una misma. O bueno… simplemente me hace feliz.

Se hizo otro silencio. El hombre sonrió. Interprete algo. El qué. Lo que quiera, lo que le apetezca. Y Violeta tocó. Lo primero que se le vino a la cabeza. Quizá una sonata de Bach, o parte de un capricho de Paganini. Se trastabillo en alguna nota y en algún salto no afinó como hubiera querido, pero no estuvo mal.

Se encontró de nuevo con la sonrisa amable del hombre. “Gracias, Violeta”. Hablaron los tres miembros de la mesa en voz baja. Fue ahora una de las mujeres la que se dirigió a ella. “¿Sabe en qué consiste el trabajo para que han sido convocados?” “Creo que se trata de dar conciertos privados, pero no sé bien…” “No es exactamente eso, querida… ¿Conoce el juego de Stradivarius que guardamos en el Palacio?” Por supuesto que Violeta los conocía. Eran el tesoro más preciado del Palacio: tres violines, una viola y un violoncelo únicos en el mundo. Su sonido era legendario y los pocos conciertos que se habían ofrecido con ellos eran inigualables, conmovedores. La mujer prosiguió: “El cuidado de los Stradivarius es minucioso, exhaustivo. Son instrumentos tan valiosos como antiguos y merecen la mayor de las atenciones.” Violeta asentía con la cabeza. “Su cuidado también exige que sean utilizados con cierta continuidad, que sean tocados como cualquier otro instrumento para que la madera vibre y no pierda su personalidad. Estamos buscando a alguien que los toque de vez en cuando.” La mirada de Violeta se encendió y el tribunal vio la llama en sus ojos. “Señorita…Violeta, no es usted la mejor interprete que ha pasado por aquí en estos días” De nuevo el silencio. “Pero sí la que con más dedicación, cuidado y entrega tocó su instrumento””Desde luego lo ama”, dijo el hombre. Y todos sonrieron

Violeta no es Paganini. Pero sus dedos se deslizan sobre el ébano del Stradivarius de vez en cuando, su mentón se apoya con delicadeza sobre la caja del viejo instrumento y ambos mantienen un diálogo tan antiguo como el ser humano. Nadie escucha sus conciertos. Violeta toca sola en una de las salas del Palacio, y el sonido más dulce del mundo nace junto a su cuello. Las crines de caballo acarician las cuerdas como las manos de un amante la piel amada y Violeta sonríe y con ella sonríen todas las niñas del planeta. El tiempo hizo de sus sueños cenizas y humo pero toda ascua soplada por el viento puede incendiarse. Las voz del Stradivarius es única, es el lamento eterno de los que siguen a la estrella del vencido, es el relinchar de los pegasos que arrastran al sol al último horizonte y una muchacha, pequeña como una lágrima, mece su instrumento mientras todo se detiene. Violeta no es la virtuosa que soñó pero su sueño vibra junto a su cuello. Violeta toca el violín en una sala vacía y una ovación estruendosa estalla como un batir de alas aunque afuera el mundo se derrumbe, aunque nadie escuche.

martes, 19 de julio de 2011

No sé qué decirte

No sé qué decirte,

he tropezado con la blancura de tu rostro

quemado por el invierno inmisericorde

y me quedo mirándote,

adivinando bajo las mantas la orografía tranquila

en la que siembro mis certezas

y busco tus valles como el agua del arroyo.


No sé qué decirte,

sigo insomne esta noche de aniversarios y derrotas,

mientras los locos buscan en buzones ajenos

cartas de amor, postales de viajes que nunca harán.


No sé qué decirte,

así que callo y me sumerjo en este estrépito de cascada

que cae sobre tu rostro,

bebo del breve hueco de tus manos

y de debajo las sábanas

se eleva el aroma de la hierbabuena

nombrando el verano que no tuve.


Somos quienes somos, hombres y mujeres

que se atreven a soñar, a golpes con la vida,

simplemente eso, corredores de fondo,

que anhelan tu sonrisa, aún desconocida,

o una brizna de viento, acariciando nuestras sienes,

trayendo noticias de tu regreso,

qué tal te estuvo el viaje,

¿me echaste de menos?


Pienso todo esto

mientras desde las tribunas hablan

hombres con coronas y escamas,

vendedores de elixires mágicos,

saludables para el cabello y el olvido,

dos por uno, y tú dormida

febril y deseada

y no sé qué decirte.


Pienso todo esto,

mientras en la noche tucumana

suena la voz de la Negra,

trayendo recuerdos de un exilio madrileño,

mientras la pava silba

y la luna arde en lo alto.


Pienso todo esto

y no sé qué decirte,

sólo que estoy aquí,

para darte paracetamol,

versos y pétalos de rosas,

canciones del recuerdo,

y todas las voces del mar

que arrastra tu risa

y mece nuestro insomnio.


Te has dormido y me callo.

Mejor así.

No sé qué decirte.

martes, 12 de julio de 2011

Hija de Lilith

Hija de Lilith,

no te trajo a este mundo la costilla de un hombre.

No dio vida a tu barro el aliento de un dios cansado.

Has nacido del vientre de la primera mujer,

brisa meciendo las espigas doradas,

lámina de plata sobre la primera ola,

pavesa incandescente huyendo de la llama

hacia el cielo como una plegaria.


No eres ángel redentor,

ni acaricias las escamas del guardián del manzano.

No quieres que llore a tu lado,

ni elevarte a las alturas.

No esperarás mi regreso

tejiendo tristes sudarios.


Hija de Lilith,

luna radiante a la que aúllan los lobos,

la que mece las mareas, la venerada por los locos,

trazas tu propio camino

con la férrea voluntad del que ha perdido todo

o todo lo tiene.


Trazas sendas en otras pieles,

como los ríos siembran valles,

con la constancia del cautivo

que marca en los muros

tantas líneas como días.


Hija de Lilith,

no hay piedad para aquel

que no supo adorar tu rostro.

Tu eres la primera mujer

sonriendo al último hombre.

martes, 5 de julio de 2011

Harto


Indignado sigo con atención los acontecimientos en torno a la SGAE a la espera de que la Justicia determine de forma concluyente las responsabilidades penales correspondientes.
Estoy harto. Harto de que algunos se lucren aprovechándose del trabajo ajeno y de la creatividad y el talento de otros, ya sean directivos, operadoras o piratas varios; harto de fraudes y arbitrariedades; harto del descrédito de una institución cuya principal misión ha de ser la dignificación del oficio de los trabajadores de la cultura, de que los autores no seamos capaces de hacer el ejercicio de autocrítica necesario para entender por qué hemos llegado a la situación en la que estamos; de que a los autores se nos exija hacer autocrítica y no seamos capaces de hacerla como sociedad que desprecia su patrimonio cultural y que promueve implacablemente la mitificación de la Red de redes mundial, en la que todo es bueno, más aún si es gratuito; harto de mi incapacidad para justificar un canon de compensación difícil de justificar, aún cuando entiendo el desamparo del autor ante la revolución digital, de mi incapacidad para encontrar respuestas ante semejante desafío; harto de tener que defender la profesión de músico o autor tan denostada por todos, de que se contamine el debate en torno al derecho de autor y su relación con las nuevas tecnologías con crispación y demagogia, de tener que recordar que, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aparece el derecho 27.1 (1. Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten) y también el 27.2 (2. Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora); harto de ver cómo se utiliza este proceso judicial para justificar el ataque indiscriminado contra todo autor, un colectivo cuyo corporativismo desesperado no es diferente al de periodistas o políticos cuando por norma general se toma la parte por el todo o se les vapulea hasta la humillación; harto de una industria musical que ha fomentado un modelo de consumo voraz, de forma que toda creación es objeto de usar y tirar, una industria que ha maltratado a artistas y a amantes de la música al prevalecer despiadados criterios empresariales por encima de cualquier valoración artística; harto de que los medios de comunicación sean cada vez menos plurales en su oferta cultural, más herméticos ante según que propuestas, más aún cuando estas están alejadas de la superficialidad preponderante o de sus intereses corporativos; harto de explicar que soy músico, autor e internauta; harto de que el trabajo y esfuerzo de tantos profesionales de la cultura sea despreciado por algunos que dicen defenderme y por aquellos que se suman al grito de “muera la inteligencia”. Harto e indignado, sigo soñando y escribiendo canciones, porque ellas custodian mis sueños, y estos, mi futuro, un futuro mejor para todos.
Ismael Serrano

miércoles, 29 de junio de 2011

Futuro

El futuro me ha llamado con tu voz

y, mientras ruedo por la cama,

insomne y asustado,

busco detrás de mis párpados

la playa en que te vi reír,

y el mar sonando en el hueco de tu abrazo,

como una caracola abandonada

en la arena de los días perdidos.

El futuro trae tu olor,

como el aroma metálico

del ozono tras la tormenta,

como nuestra cocina con los fuegos encendidos

mientras fuera la ciudad ronronea

como un gato entre mis pies.

El futuro tiene tu tacto,

de pétalo vivo,

tu sombra de espiga dorada

y tu risa de espuma

rompiendo sobre el mascarón de proa.

Y así caminamos,

soñando libélulas, hadas y cometas,

hacia el futuro,

cuando el sueño se apiada de mi

y la habitación entera se calla.

La gente nada sabe del amor

si no se reconoce en nuestros pasos.

Todo empieza y todo acaba en ti.

martes, 21 de junio de 2011

Despierta


Despierta,
arranca las cortinas y vístete de calle,
que la vida te cubra como el agua fría la cara.
Ahora que mil corazones no resueltos,
cansados de tanta derrota,
agitan sus alas y gritan desde los acantilados,
ahora que las pieles brillan en las plazas
y la tarde arde sobre las espaldas de quienes preguntan,
has de despertar.

Despierta,
se la zarza incendiada que indica el camino,
que la vida es eterna en cinco minutos
y todo empieza y todo acaba en ti.
Basta de tristezas,
a veces la victoria puede ser hermosa,
como lo es la sonrisa última del que se despide,
como el monólogo secreto del niño que juega,
como el pequeño milagro que encierra el relámpago de tu carcajada.
Despierta,

te espera paciendo en el asfalto
una reata de pegasos,
nuevas constelaciones iluminan
la ruta de los navegantes extraviados
y los dormidos se levantan de las cunetas.

Despierta y trae la llama,
somos la herida abierta.
Todo empieza y todo acaba en ti.